Sayak Valencia

Arte y emancipación

Claude Cahun. Autorretrato (1927)

La consigna «trabajar menos, trabajar todos, producir lo necesario, redistribuir todo» es emblemática de la lucha obrera y la conquista de los derechos laborales y ha resurgido con fuerza desde distintas trincheras. Por ejemplo, a inicios de la pandemia provocada por el virus SARS-COVID-19, apareció en Italia una pancarta que la recuperaba.

Evidentemente esta consigna apela a la necesidad de crear un frente organizado para el bien común a través de la redistribución de la renta en un momento altamente necropolítico (Mbembe, 2011). Sin embargo, esta frase ha sido tomada también por personajes como Christophe Roux, bloguero francés en la rama del telemarketing y la autoayuda que se la ha apropiado para brindarnos consejos para ser mejores freelancers o empresarios de nosotros mismos.

En este sentido, nos preguntamos: ¿Qué ha pasado con el trabajo? La respuesta no es fácil ni rápida, ya que en la actualidad el trabajo tradicional continúa existiendo —aunque ciertamente cada vez con peores condiciones laborales— mientras que el trabajo desregulado es glamourizado con una pátina estética, que extiende la idea de trabajo-vida-ocio como una cadena de ADN donde se crea un fundido encadenado entre esos elementos. Sin embargo, esta trasvalorización estética aplicada al trabajo va más allá de una perspectiva reduccionista, es decir, no se limita a la integración de lo estético como un elemento más en la cadena de producción, como se ha venido haciendo por parte de algunos teóricos laboristas, sino que el elemento estético es central en la idea de trabajo contemporáneo por su infinito potencial sensible y, por tanto, mercantilizable. Volveré más adelante sobre esta idea del infinito potencial sensible que es explotado por distintos campos, por ejemplo, el arte contemporáneo.

Así, no es extraño preguntarnos por el concepto de trabajo contemporáneo sobre todo en el campo del arte, ya que, a pesar de que el trabajo asalariado con condiciones laborales dignas esté desapareciendo, en contraofensiva hay un reforzamiento estético de distintas aspiraciones del orden neoliberal que glorifican el tiempo libre e incitan a sumarnos a las filas de los influencers, podcasters, instangramers y youtubers, etc. —como antes se nos incitaba a ser «artistas»— como una fórmula «mágica» para acceder a la utopía de obtener dinero fácil con poco esfuerzo. Sin embargo, la realidad detrás de las pantallas, los filtros y las escenografías instantáneas dista mucho de ser fácil, al igual que acceder a la élite del arte.

Por el contrario, ante la gran precarización de la vida en general y en especial de la vida laboral, nos preguntamos sobre el papel del arte contemporáneo y su cooptación por parte de los mercados internacionales en la construcción de una subjetividad capitalista vinculada a las transformaciones económicas del capitalismo y a la cosmetización del trabajo en la era digital.

Como sabemos, el concepto de trabajo actual se ha reconfigurado sobre todo siguiendo las lógicas del emprendedurismo sin límites. Ahora que la necropolítica y las prácticas del mercado son cada vez más gore, estas trastocan el modelo marxista de producción-consumo y nos sumergen en un cambio radical respecto a lo que se refiere al trabajo.

Este cambio es equiparable en alcance con el gran cambio que sucedió con la Revolución Industrial, donde la carencia objetiva a la que se refería Marx y en la cual basaba su teoría del Estado, de la lucha de clases y la división del trabajo ha sido trastocada por las revoluciones tecnológicas y electrónicas que hemos venido viviendo en los últimos cuarenta años, aunque:

[…] hemos salido radicalmente del imperio, del reino, de la necesidad y hemos entrado en el reino de la abundancia. Y la paradoja trágica que marca nuestro tiempo es que por primera vez la utopía de la felicidad en el planeta sería posible […] pero estamos viviendo una refeudalización del mundo, la captación de las riquezas por esas oligarquías del capitalismo financiero que son infinitamente más poderosas que todos los otros poderes que puedan existir en el planeta (Ziegler, 2008:111-112).

Como afirma Ziegler, esta utopía se ha visto empañada, con miras lejanas a cumplirse dada la radicalización del capitalismo en neofeudalismo y la irrupción de un fenómeno ultra violento, que se ha venido recrudeciendo en los últimos años y que hace más de una década denominé como Capitalismo Gore, con el cual entiendo una forma de capitalismo que espectaculariza y cosmetiza la violencia y convierte al asesinato y otras formas de aniquilación feroz en un mercado al alza (Valencia, 2010).

En este sentido, es importante poner de relieve que el capitalismo, además de ser un sistema de producción, ha devenido en una construcción cultural casi biointegrada, que afecta directamente a las formas de subjetivación contemporáneas que la integran, sobre todo, por medio de una seducción estética.

Esta seducción estética deriva de una forma de pensar y sentir el mundo relacionada con un régimen sensible desarrollado por las vanguardias artísticas del siglo XX y sus rupturas, tanto visuales como experimentales. Rupturas del paradigma decimonónico que a su vez fueron cooptadas por el pensamiento militarista-capitalista y distribuidas socialmente a través de productos culturales con variantes regionales de la(s) cultura(s) pop(ulares). Es importante evidenciar este hecho, ya que mediante estas reflexiones no me refiero únicamente a la economía, sino también a sus efectos como construcción cultural biointegrada que se vuelve cada vez más eficaz.

Así:

El capitalismo de consumo no nació automáticamente con las técnicas industriales capaces de producir mercancías estandarizadas en grandes series. Es también una construcción cultural y social que requirió por igual de la «educación» de los consumidores y del espíritu visionario de los empresarios creativos, «la mano visible de los directivos» (Lipovetky, 2007: 24).

Si bien es cierto que el devenir del capitalismo es histórico y ha sido teorizado desde distintas perspectivas económicas, sociales, y ahora, virtuales, también es cierto que existe una fisura en el seguimiento que se hace de este en las últimas décadas, donde se ha desbordado de los confines teoréticos para convertirse en realidad pura, palpable y extremadamente cercana en el espacio y en el tiempo. Por tanto, es difícil de teorizar. En este capitalismo biointegrado el cuerpo hiperconectado se ha convertido en una figura central para pensar en las nuevas formas de trabajo expandido traídas por esta etapa del «capitalismo de plataformas» (Srnicek, 2018).

Así como las imágenes se vuelven objetos de consumo en sí mismas, el cuerpo en la era actual se ha convertido no solo en un receptor/lector de imágenes y culturas audiovisuales, sino en un agente tecnovivo que produce gramáticas y procesa experiencias de la hipermediación convirtiéndose también en una plataforma que incorpora nuevos mandatos de género y consumo. Es decir, el cuerpo contemporáneo es el resultado de un proceso semiótico-simbólico y técnico que fusiona el régimen sensible producido por un paradigma escópico de las vanguardias, apropiado por el capitalismo como esa sensibilidad producida estéticamente por el arte contemporáneo y gestionado políticamente por los mercados.

Trataré de ser más clara sobre este punto: me inspiro en la idea de la arquitecta Beatriz Colomina, quien dice que después de la Segunda Guerra Mundial la arquitectura/los edificios son un medio de comunicación de masas.

Me explico, Colomina propone que las teorías sobre el cine y la publicidad son fundamentales para hacer una decodificación contextualizada de la arquitectura moderna. Entendemos que esos mismos elementos de lectura cultural aunados a todos los gadgets y plataformas virtuales de internet para representar al cuerpo lo construyen y lo utilizan como una pantalla corporizada que retraduce contenidos de los medios de comunicación de masas, y se vuelve una especie de afiche humano en donde se conjugan lógicas de la publicidad, la vigilancia, la estética, el binarismo de género y las políticas racistas, sexistas, aporofóbicas, pero también de las resistencias contemporáneas.

El cuerpo es entonces el medio y el mensaje, ya que a su vez produce códigos semióticos técnicos que van customizando contenidos en redes y produce nichos de mercado que alimentan a las economías neoliberales, que a muchos niveles tienen al cuerpo como principal productor y consumidor.

Podríamos decir que en estas nuevas «economías de la atención» (Peirano, 2020) el sentido del cuerpo se desplaza y adquiere una redefinición en torno al culto consumista, transformándose en un medio de comunicación de masas, que a su vez reconfigura una nueva domesticidad de género, «una nueva forma de domesticidad que surge de las imágenes mismas» (Colomina, 2006: 8).

En este contexto, la captura del régimen sensible y «la creación de un sentido común neoliberal» (Emmelhaiz, 2016) en torno a la cosmética (en clara desvinculación de la ética y la política) es difundido a través de la cultura, el arte, la arquitectura y los mass media. Un ejemplo de esta objetivación del cuerpo en esa nueva sociedad de consumo se aprecia en el mundo del trabajo.

Sin embargo, la transformación del cuerpo en mensaje disruptivo que se ha realizado desde el arte de performance y su cristalización en el body art extremo ha sido disputado por nuevos actores, sobre todo femeninos, que están haciendo de materia corporal no solo objetos de transformación sino cuerpos reconfigurados, cuyo mensaje está en relación con las nuevas apetencias impuestas por el mercado (neoliberal y heteropatriacal) y cuya transformación nos habla de una fluidificación de los alcances de las categorías de lo excéntrico, del género como performance y de la plasticidad.

Identifico que en las prácticas contemporáneas de producción de capital, la feminidad como performance se ha vuelto un trabajo, un lugar de autoproducción donde el capital social se desplaza hacia el capital erótico (Hakim, 2014), a fin de transformarse en capital económico y hacer frente a las demandas de hiperconsumo del neoliberalismo actual. Por supuesto, esta reflexión no busca celebrar la perpetuación de estereotipos de género y machistas que depositan deseos de cosificación sobre los cuerpos feminizados.

Por el contrario, con mis reflexiones busco mostrar cómo una práctica que podría leerse de manera simplista y vincularse solo con la superficialidad y la industria de la cultura de la celebridad tiene muchas aristas que la interconectan con una cartografía política y económica más amplia que nos habla de la reestructuración del concepto de trabajo, la estabilidad económica, la rentabilización del cuerpo, la materialización de los ideales biopolíticos binarios del género y la sexualidad, la encarnación de la cosmetización difunda por los mass media y la seguridad física para muchas mujeres en nuestros días.

Sobre todo, me interesa ver cómo la relación entre mujeres, cuerpo y trabajo se desplegará en nuestros días de manera hipermediada a través de una renegociación y rentabilización del ideal hiperfeminizado que convierte a la feminidad en un nicho de mercado y en un trabajo, pero que no lo hace aisladamente sino que utiliza el subterfugio estético para complejizar nuestras lecturas sobre la idea de arte y emancipación.

Y en este contexto de mercados, protestas y cuerpos hiperconectados que traducen esta cosmetización del trabajo, me pregunto constantemente por el papel del arte como productor de sentido y sobre todo como posibilidad de emancipación sensible.

Me lo pregunto sobre todo en un momento donde el ultraconservadurismo está regresando con más fuerza a imponer sus ideas clasistas, nativistas, racistas, misóginas y fundamentalistas, tal como lo muestran el ascenso de la derecha en las recientes elecciones europeas o el inaguantable giro hacia la ultraderecha de países como Argentina, con un presidente-personaje como Javier Milei.

A pesar de que la narrativa de la política contemporánea sea casi de un «destino manifiesto» que gira hacia las derechas como «un mal menor», desde mi perspectiva, la potencia subversiva del arte es justo lo que está en juego en estos momentos y desde inicios del siglo XX con las vanguardias artísticas europeas, ya que estas disputaron la forma de representación y dislocaron la tríada moral-estético-epistémica griega que equiparaba lo bueno con lo bello y lo bello con lo justo. Las vanguardias rompieron en su momento con la perspectiva renacentista ocular-céntrica (que se había impuesto en siglo XV y que fortaleció simbólicamente al proceso de colonización de América).

Y considero que en este momento de asedio estético (Valencia, 2023) es justamente el arte como posibilidad sensible quien puede replantear una emancipación viable.

Me explico: dado que los modos de percepción y el «régimen escópico» (Jay, 2003) contemporáneos están altamente conectados con las gramáticas de la mirada propuesta por las rupturas artísticas y que las personas o públicos que consumen los contenidos diseminados por la mass media digital están dialogando con esa visualidad artística (que subyace en el diseño de esos productos culturales) y comparte una sensibilidad vinculada con esas formas estéticas, la capacidad de hacer una contraofensiva sensible —ya sea visual, corporal, sonora o todas ellas— es altamente viable. Puesto que esta contraofensiva sensible podría aprovechar el germen que se encuentra en esta visualidad cotidiana y llenarla de contenidos críticos y emancipatorios que pongan preguntas en el espacio social del inter/outernet (Fresneda, 2013).

Ahora bien, me importa hablar de esta relación totalmente directa del arte con el régimen sensible porque parto del supuesto de que es el arte de vanguardia y el contemporáneo quienes nos permiten leer de manera ágil todos los estímulos de la cultura pop que fluyen a través de las nuevas plataformas de comunicación y consumo virtual. El arte del siglo XX construyó una capacidad y unas formas de ver y entender el mundo a nivel meta-representativo, dada su invención de lenguajes, fórmulas y visualidades innovadoras, creando otras abstracciones y consensos que de otra manera no existirían, el arte y sus rupturas constantes nos han rediseñado a nivel perceptivo. Por ello, el arte es fundamental para la construcción de una memoria sensible y crítica.

Cierro estas reflexiones con una cita de una carta de Pier Paolo Pasolini dirigida a Allen Ginsberg y datada en 1967, en la que el primero plantea la necesidad de crear nuevas formas de insurrección que no repitan los viejos esquemas de protesta y emancipación del marco discursivo occidental de la izquierda tradicional, que deja de lado a las disidencias y sigue considerando el lenguaje de la protesta como algo solo enunciable por parte de los viejos teóricos europeos:

¿Quién nos dio —tanto a jóvenes y viejos— el lenguaje oficial de la protesta? El marxismo, cuya única vena poética que tiene es el recuerdo de la Resistencia, y que se renueva ante la idea de Vietnam y Bolivia. ¿Y por qué me quejo de este lenguaje oficial de la protesta que me da la clase obrera a través de sus ideólogos (burgueses)? Porque es un lenguaje que nunca prescinde de la idea del poder, y por lo tanto es práctico y racional. ¿Pero la Práctica y la Razón no son las mismas divinidades que han vuelto LOCOS e IDIOTAS a nuestros padres burgueses? (Pasolini, 1967).

Pienso que hoy en día Pasolini estaría entusiasmado de ver la complejidad del mundo y sus insurrecciones, que ya no reproducen de forma sumisa las gramáticas de la protesta patriarcal y se conforman de voces inapropiables e inapropiadas para los sistemas de enunciación occidental, ensanchando la perspectiva de la crítica y ampliando el régimen sensible desde distintos campos discursivos y disintiendo de las fosilizaciones conceptuales sobre la emancipación y la protesta, a través de la creatividad epistemológica del sur global, que se despliegue en distintas corporalidades, formatos artísticos e imaginaciones políticas, proponiendo otras formas de emancipación que aprovechan los lenguajes contemporáneos para plantear preguntas encarnadas.

Referencias:

Beatriz Colomina: La Domesticidad en Guerra. Actar, Barcelona, 2006.

Irmgard Emmelhainz: La tiranía del sentido común. La reconversión neoliberal de México. Paradiso Editores, México, 2016.

Javier Fresneda (2013): «Notas de caza en Outernet. Las imágenes después de internet», en Re-Visiones, nº 3, 2013. Disponible online: http://www.re-visiones.net/index.php/RE-VISIONES/article/view/72 [Consulta: 1/6/2024].

Martin Jay: «Regímenes escópicos de la modernidad», en Campos de fuerza. Entre la historia intelectual y la crítica cultural. Paidós, Buenos Aires, 2003.

Gilles Lipovetsky: La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad hiperconsumista. Barcelona: Anagrama, Barcelona, 2007.

Achille Mbembe: Necropolítica. Melusina, Barcelona, 2011.

Pier Paolo Pasolini: Carta a Allen Ginsberg, en Mundo Flaneur. 25/9/2017. Disponible online: https://www.mundoflaneur.com/carta-de-pier-paolo-pasolini-a-allen-ginsberg/ [Consulta: 1/6/2024].

Marta Peirano: El enemigo conoce el sistema. Barcelona: Debate, Barcelona, 2020.

Nick Srnicek: Capitalismo de Plataformas. Caja Negra, Buenos Aires, 2018.

Sayak Valencia: Capitalismo Gore. Melusina, Barcelona, 2010.

Sayak Valencia: Mesa redonda «Juventud, asedio estético y cultura criminal», coorganizada con el Consejo de la Persona Joven (martes 8 de agosto de 2023, 4:00 pm) en el marco del simposio «Políticas postmortem, afectos y artivismos feministas situados en el Sur», Universidad de Costa Rica, 2023.

Jean Ziegler: «Los amos del mundo», en Carlos Estévez y Carlos Taibo (eds.): Voces contra la globalización. Colección Noema, Crítica, Barcelona, 2008.

Sayak Valencia – Biografía

Sayak Valencia (Tijuana, 1980). Filósofa transfronteriza. Poeta, ensayista y exhibicionista performática. Doctora Europea en Filosofía, Teoría y Crítica Feminista por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: Postales de R (2023), Transfeminismos y políticas postmortem (2021), Adrift´s Book (2012), Capitalismo Gore (2010), El reverso exacto del texto (2007) y Jueves Fausto (2004). Es autora además de una treintena de artículos académicos publicados en distintos países del continente Americano y Europa. Su libro Capitalismo Gore ha sido traducido a seis idiomas. Su poética se basa en mezclar el lenguaje de la poesía con otros, por ejemplo, el de la filosofía, para crear herramientas para pensar y resistir. Como artista de performance, sus trabajos se basan en la ocupación del espacio público, a través de un cuerpo queer que interpela los patrones de «normalidad», conectando con el uso del cuerpo como soporte artístico, político y como centro de múltiples discusiones.

Es cofundadora del Interdisciplinario La Línea, grupo feminista formado en 2002 que se dedica a la escritura, la teoría, la producción editorial y audiovisual, así como la acción en el espacio público, llevando a cabo una exploración crítica del proceso escritural y artístico en el área binacional entre Tijuana (MX)/San Diego (CA) y también entre Madrid y Nueva York.

http://sayakvalencia.blogspot.com / @sayakvalencia

Logo de Atlántica en azul
Política de privacidad

En nuestra Política de privacidad establecemos los términos en que se usa y protege la información de nuestros usuarios.