La arquitectura del sexo

Kurt Hollander

Escritor, fotógrafo y artista original de Nueva York, Kurt Hollander ha vivido en la Ciudad de México desde 1989. Durante los tres últimos años ha dividido su tiempo entre la Ciudad de México y Cali, Colombia. Es autor de un libro autobiográfico, Formas de morir en México (Trilce 2015) y Several Ways to Die in Mexico City (Feral House 2012), y de libros de fotografías como El Super (RM 2006) y Sonora: The Magic Market (RM 2008). Sus textos y fotografías han sido incluidos en importantes pubicaciones y medios como The Guardian, Vice, Guernica, Domus, Uncube, Weapons of Reason, etc, y sus fotos e instalaciones han sido exhibidas en exposiciones individuales y colectivas en los Estados Unidos, México, y Colombia. Fue el editor de Poliester, una revista de arte contemporáneo de referencia en Latinoamérica, desde 1991 hasta el 2000.

La primera vez que estuve en la ciudad colombiana de Cali un taxi me condujo directamente del aeropuerto al Motel Kiss Me, donde me asignaron la suite Presidential Gold, equipada con jacuzzi y sauna privados.

Quienes visitan el Motel Kiss Me suelen hacerlo en compañía de un amante y se alojan tan solo un par de horas. Yo estuve ahí dos semanas, y solo. Casi todos los días almorcé en la cocina de los empleados, situada en la azotea, con los administradores, camareras de piso, empleados de mantenimiento, recepcionistas y cocineros del hotel; jugué al billar con el propietario en su ático y pocas veces me expuse al calor achicharrante del exterior. En lugar de salir a hacer turismo, ir de museo en museo o bailar salsa, pasé la mayor parte de mis dos semanas en Cali fotografiando las más de ciento cincuenta habitaciones temáticas del hotel, decoradas de suelo a techo con cuadros, esculturas, instalaciones y objetos.

La arquitectura del sexo

La habitación Polar fue la primera que se creó en el Kiss Me. Con una cama dentro de un iglú y carámbanos colgando del techo, ofrece una huida imaginaria del calor sofocante de la ciudad (su popularidad ha movido al hotel a dedicar un ala completa a estancias polares). No obstante, la mayoría de las habitaciones del hotel están dedicadas a países como Alemania (con murales de Hitler y un escarabajo Volkswagen), Argentina (futbolistas y cantantes de tango), Francia (la Torre Eiffel), España (con una cama dentro de un ruedo taurino), Venezuela (figuras de Fidel y Chávez en tamaño real, cogidos del brazo delante de un campo petrolífero), Iraq (Saddam con más pozos de petróleo) y los EE.UU. (esculturas a escala humana de George Bush y Osama Bin-Laden jugando al ajedrez delante de unas torres gemelas en llamas).

Subiendo y bajando en ascensor mientras tomaba fotos del hotel coincidí con parejas que llegaban o se iban, y recorrí pasillos al son de música, gemidos o gritos de personas haciendo el amor a cualquier hora del día o de la noche. Muchas veces fotografié habitaciones que unos amantes acababan de desalojar, con rastros físicos de sexo desenfrenado todavía visibles sobre la cama o el suelo y el olor flotando aún en el aire.

Y aunque en las Américas los hoteles del amor constituyen un fenómeno relativamente nuevo, mi estancia en el Kiss Me me enseñó hasta qué punto los moteles del amor son la continuación de una relación muy íntima entre sexo, arte y arquitectura que se remonta a los inicios de la civilización humana.

EL SEXO AL SERVICIO DE LA SOCIEDAD

La civilización humana surge a finales del Paleolítico, cuando el Homo sapiens crea sus primeras herramientas y habita en cuevas. Además de ayudar a la supervivencia del hombre, aquellas herramientas contribuyeron a la creación de las primeras obras de arte creadas por el hombre, en su mayor parte, en las cavernas.

Suele considerarse la Venus de Hohle Fels, hallada no hace demasiado tiempo en una cueva alemana, como la figura artística más antigua de la historia de la humanidad (podría tener 40.000 años). La diminuta escultura (unos 5 cm de altura) es una más de las muchas figuras de desnudos femeninos talladas en hueso, calcita, marfil, caliza o cerámica encontradas en Europa septentrional. Las estatuillas, conocidas habitualmente como figuras de Venus, representan un tipo de mujer obesa que en aquellos tiempos, y en muchas eras y culturas posteriores, encarnó el modelo de sexualidad más adecuado a la procreación en épocas de hambre.

Pero la caverna no solo fue el primer espacio de creación y exposición de arte, era también donde tenían lugar la mayor parte de las relaciones sexuales. No debería por tanto sorprendernos que algunas de las primeras piezas artísticas creadas por los humanos fueran de naturaleza sexual. Durante el periodo paleolítico floreció a lo largo y ancho del Medio Oriente, Europa y Rusia una imaginería explícitamente sexual. Ya en el año 30.000 a. de C., en plena Edad de Hielo, encontramos representaciones de artefactos sexuales fálicos en el arte rupestre paleolítico. En una cueva alemana se descubrió un falo de algo más de veinte centímetros y más de 26.000 años de antigüedad.

Junto a las mujeres desnudas vemos figuras femeninas adornadas con cinturones, botas y brazaletes, accesorios diseñados para incrementar su atractivo sexual. Penes desproporcionadamente grandes o representaciones detalladas de vulvas, nalgas, caderas, pechos o muslos, aparecen grabados, dibujados o pintados en las paredes de las cuevas, pero también en huesos y cornamentas de animal o en marfil, a menudo representando la actividad sexual del ser humano en posiciones más propias de animales como osos o perros.

Más que una inclinación artística, esa temprana obsesión pictórica con ciertas partes del cuerpo o posiciones sexuales revelaría la necesidad social de servir de estímulo a la procreación. En el mundo antiguo, la procreación era un importante asunto religioso y muchas veces los sacerdotes facilitaban afrodisíacos (ciertos alimentos, el alcohol, la música y la danza) para incrementarla.

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Es sabido que la mera contemplación de imágenes sexuales eleva los niveles de testosterona en los hombres y el uso de consoladores y juguetes sexuales aumenta la actividad hormonal de las mujeres, de ahí que, desde el principio, los objetos e imágenes artísticos se utilizaran para incrementar la actividad sexual y fomentar la reproducción y que podamos considerar que ese arte explícito de las primeras culturas de todo el mundo habría tenido una intención afrodisíaca.

Ni el arte rupestre estuvo jamás concebido únicamente como «arte por el arte» ni el sexo ha estado siempre exclusivamente al servicio del disfrute personal. La actividad sexual era esencial para la supervivencia de la tribu y, en consecuencia, demasiado importante como para dejarla al cuidado de simples individuos. Las primeras organizaciones religiosas buscaban formas de acrecentar la procreación y el arte era una importante herramienta para ese fin. El arte rupestre actuaba de estímulo sexual y el sexo llevaba a un incremento de la población, lo que, a su vez, ayudaba al fortalecimiento de la tribu.

En la antigüedad se pensaba que la excitación sexual era responsabilidad de los dioses, en parte por las obras artísticas con las que se les asociaba. Más que simples retratos de mujeres sexualmente atractivas, es muy posible que las figuras de Venus, representaciones de antiguas diosas de la Tierra, se emplearan para excitar directamente la sexualidad en ritos religiosos concebidos para aumentar la procreación.

Incluso después de que el ser humano se escurriera fuera de la caverna y comenzara a construir hogares, ciudades y civilizaciones, la imaginería sexual explícita mantuvo su peso en la producción artística y continuó siendo un aspecto esencial de la actividad religiosa.

La religión del Antiguo Egipto estaba repleta de historias de adulterio, incesto, homosexualidad, masturbación y necrofilia, y los devotos contaban con la promesa de sexo en la otra vida. Pergaminos llegados a nosotros muestran jeroglíficos concretos para la vagina, el pene, la eyaculación y el coito y, frecuentemente, las obras de arte que acompañan esa escritura representan actos sexuales con todo detalle.

El Papiro Erótico de Turín, un rollo egipcio pintado del siglo XII a. de C., es considerado la revista para hombres más antigua del mundo. El papiro muestra a un hombre calvo, sin afeitar, barrigudo y en plena erección copulando con docenas de mujeres de edad núbil. En el papiro, el hombre inserta el pene en una mujer montada en un carro, en otra sentada en un hongo gigante y en otra más que se toca los dedos de los pies, a la vez que practica, con otras, sexo al estilo misionero, perruno o haciendo toda suerte de acrobacias. Hay quien piensa que el papiro representa al emperador Ramsés y sus numerosas esposas, aunque bien podría tratarse del cliente de un burdel o incluso de un sacerdote de un templo de fertilidad haciendo sexo con las “esposas de los dioses”, que es como se conocía a las sacerdotisas.

En la antigüedad el sexo no era algo reservado exclusivamente a la intimidad de los amantes; se trataba en gran medida de una importante actividad social y religiosa y, como tal, era conducida y estimulada por personas —hombres y mujeres— dedicadas al oficio litúrgico. En muchas culturas los sacerdotes y las sacerdotisas practicaban sexo ceremonial ciertos días del año, y en otras festividades se invitaba al conjunto de la población a acudir a los templos y unirse a ellos.

Los servicios sexuales de culto existían ya en el Neolítico y se asociaban con la Diosa Madre Tierra. Antiguas sociedades asentadas a lo largo de los ríos Tigris y Éufrates construyeron santuarios y templos, o “casas del cielo”, dedicadas a diversas deidades, y entre los ritos que se llevaban a cabo en esos templos se incluía el de la prostitución sagrada o la prostitución temporal de chicas solteras, con variantes como la prostitución para conseguir una dote o el desfloramiento público de novias.

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El prostíbulo más antiguo del que existe registro histórico fue de hecho un templo de la fertilidad dedicado a la diosa Ishtar, cuya existencia está datada en el año 2400 a. de C. El primer templo en donde se sabe que se practicaba la prostitución sagrada se encontraba en la ciudad sumeria, y más tarde babilonia, de Uruk. Ahí, dependiendo de la modalidad de prostitución que practicaran, las mujeres confinaban su actividad sexual exclusivamente a rituales celebrados en el interior del templo, atendían las necesidades de los visitantes o vivían y trabajaban en el templo pero sin dejar por ello de recorrer la ciudad en busca de clientes de pago.

La decoración de aquellos antiguos templos estaba específicamente pensada para inspirar la actividad sexual que se desarrollaba dentro de sus muros. Los antiguos artefactos babilónicos que se utilizaban en el culto a Ishtar, diosa del amor, son especialmente gráficos. En templos, tumbas y hogares de Mesopotamia se han hallado unas pequeñas placas eróticas de arcilla, mostrando a un hombre penetrando a una mujer por detrás, que se remontan al inicio del segundo milenio a. de C.

En las antiguas culturas hebreas se denominaba kadesh (literalmente “el que es sagrado”) a los sacerdotes masculinos practicantes de la prostitución homosexual sagrada, un término que evolucionó hasta convertirse en sinónimo de sodomita.

En el sur de India y en Nepal existía una modalidad de prostitución por la que aldeanas preadolescentes y adolescentes eran entregadas en matrimonios rituales a una divinidad o un templo para trabajar como guías espirituales, como bailarinas o como prostitutas que ofrecían en el interior del templo sus servicios a hombres devotos.

El templo de Kandariya Mahadeva muestra unas tallas eróticas hindúes creadas antes del año 1000 a. de C. Para el hinduismo, Shiva, principal divinidad de la India, es el creador de la vida y se le representa con el lingam, la trinidad masculina del pene y los dos testículos. El lingam es un motivo habitual en templos hinduistas de toda India, en donde destaca el célebre templo conocido como el «Salón de los Mil Lingams».

En Java Oriental se encuentra el templo de Candi Sukuh, construido en el siglo X, que cuenta con varias imágenes en piedra de penes y vaginas copulando y que en su día albergó la escultura de un lingam con cuatro testículos de casi dos metros de altura, que en la actualidad se conserva en el Museo Nacional de Indonesia. Las culturas antiguas de muchos lugares del extremo Oriente asiático, incluyendo Indonesia, Bali y las zonas budistas de Corea y Japón, utilizaban también el falo como símbolo de fertilidad en motivos de sus templos y en otros ámbitos de la existencia cotidiana.

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LOS DIOSES GRIEGOS DEL SEXO

La gente lleva desde la Edad de Piedra adorando el falo, un culto que se intensificó en el periodo neolítico y la Edad de Bronce. La simbología fálica dominó la arquitectura de la antigua Babilonia y se hizo más presente incluso en Egipto y Grecia a través de la celebración de fiestas fálicas. En la isla de Delos una columna sirve de soporte a un gigantesco falo, símbolo de Dioniso.

Príapo, un dios griego que se representa con un enorme falo, fue venerado como una deidad de fertilidad, y su verga adornaba numerosos edificios y templos. Se consideraba de buen augurio acariciar la pinga de las estatuas del dios instaladas en todos los cruces de caminos fuera de las ciudades.

Dicho lo cual, la religión helena no era exclusivamente falocéntrica. Al contrario de las religiones monoteístas posteriores, había un gran número de divinidades femeninas, sexualmente liberadas y de gran fortaleza. Afrodita, diosa del placer y del amor, da ejemplo de vida sexual activa haciendo el amor tantas veces como puede tanto con dioses como con mortales.

Afrodita era una diosa del pueblo, que la honraba en templos modestos de centros urbanos de toda Grecia y se encomendaba a ella para pedirle ayuda en asuntos amorosos y sexuales. Dependiendo del respeto recibido, la diosa recompensaba a los humanos colmándoles de apetito y habilidades sexuales o los castigaba marchitando el pene en los hombres o convirtiendo en prostitutas a las mujeres.

Pero la prostitución no era vista necesariamente como una enfermedad social, ni siquiera como una profesión degradante. Se decía que toda doncella servía a los dioses si al menos una vez en su vida se presentaba en el templo de la fertilidad de Afrodita para hacer el amor con un extraño. El hombre escogía a la doncella, arrojaba algo de dinero a sus pies (la cantidad carecía de importancia) y pronunciaba la fórmula «Que la diosa descienda sobre ti».

Se dice que el templo de Afrodita en Corinto llegó a emplear a un millar de prostitutas sagradas, una tradición heredada de los templos de Inanna, diosa sumeria del amor, la fertilidad y el deseo, y de Ishtar, diosa babilonia de la fertilidad, el amor y el sexo. Las relaciones sexuales con las sacerdotisas del templo de Afrodita se consideraban un modo aceptable de venerar a la diosa.

Los templos de Afrodita eran lugares muy austeros, decorados muchas veces tan solo con esculturas y pinturas eróticas, en su mayoría de la propia diosa. La Afrodita Calipigia, la diosa de las “bellas nalgas”, que vuelve el rostro hacia atrás y posa la mirada sobre su trasero, era un tipo de estatua de desnudo femenino habitual en la época helenística. La Afrodita de Milo, conocida también como Venus de Milo (c. 100 a. de C.) es, de lejos, la obra de arte clásica más conocida de cuantas han llegado hasta nosotros.

Donde sexo y arte coincidían. Gran cantidad del arte clásico que albergan los museos procede de antiguos prostíbulos griegos. Por ejemplo, en el antiguo mercado de Salónica, la ciudad portuaria del norte del país, se descubrió un burdel del primer siglo a. de C. que contenía cerámicas pintadas y tallas en piedra de falos descomunales, sexo gay, masturbaciones en círculo, sadomasoquismo, bestialismo y sexo de dioses entre sí y con mortales.

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Los palacios y villas de ciudadanos griegos ricos eran espacios expositivos de arte sexualmente explícito pero también lugares destinados al comercio sexual. Para hacerse con algo de dinero extra, la elite griega utilizaba ciertas estancias de sus casas, y hasta sus patios, como burdeles, y los dueños prostituían a sus empleados domésticos y esclavos de ambos sexos a clientes de pago.

La excavación reciente de un burdel de hace 2.000 años en un yacimiento arqueológico ateniense dejó al descubierto un “sex shop” surtido de toda suerte de parafernalia peniana, lubricantes diversos (incluyendo aceite de oliva) y olisbos . El olisbo, vocablo latino que significa tanto «deslizarse o resbalar» como «abrir de par en par», es un consolador de piedra destinado a la autosatisfacción erótica que seguramente se utilizaría para penetración vaginal y anal (es el modelo de todos los consoladores creados posteriormente, a lo largo de los siglos). Los consoladores en forma de pene estuvieron tan incorporados al día a día de la antigua Grecia que se vendían en el mercado, los maridos que partían a la guerra se los regalaban a sus esposas y estas los llevaban consigo prácticamente a todos los lugares donde iban, incluyendo la tumba.

LOS ROMANOS

En el Imperio Romano el arte era creado principalmente por trabajadores de clase baja de origen étnico diverso. El arte erótico, que constituía una proporción significativa del conjunto de la creación artística, se vendía a un amplio espectro de consumidores, de las elites a los desposeídos.

La arquitectura fálica no estuvo tan presente en la antigüedad romana como en Grecia o en Egipto. Aun así, los romanos insertaban detalles fálicos en su arquitectura y objetos de ese tipo en sus hogares (sirva de ejemplo un miembro de casi medio metro con la inscripción “Aquí vive la felicidad”).

Además de vergas bendiciendo la entrada al hogar o colgando como chandeliers, había también relieves escultóricos fálicos y decoraciones con ese tipo de motivos en vasos, vajillas o joyería (especialmente anillos) y repujadas en lámparas de aceite. Pinturas explícitas han sido halladas en las casas más respetables de la nobleza romana, incluyendo pequeños cuadros (tabella), frescos, mosaicos y esculturas. Villa de Misteri, una hacienda campestre próxima a Pompeya, tenía frescos mostrando la iniciación de una mujer en un culto mistérico a Dioniso, con ritos tales como flagelaciones o felaciones.

El dormitorio romano estaba decorado con obras de arte y complementos que servían de inspiración y adorno a la vida sexual de su propietario. El poeta Horacio tenía instalados espejos sobre su cama y a ambos lados; así, cuando alquilaba una prostituta, disfrutaba de vistas desde todos los ángulos. El emperador Tiberio tenía en sus dormitorios pinturas y esculturas sexuales y manuales de sexo griegos, como los escritos por Elefantis, una poetisa griega famosa por su lenguaje obsceno.

En las ciudades de la antigua Roma, además de practicar sexo con la propia esposa, con esclavos o con muchachos (gratis si se era profesor, filósofo, político o sacerdote), era posible comprar servicios sexuales en diferentes lugares públicos, pues la prostitución era legal, ubicua y asequible para la mayoría de hombres libres.

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Pompeya, célebre por sus baños suburbanos, era un destino de lujo para la elite romana y para conocidos gladiadores y actores. Los Baños de Pompeya (que quedaron intactos tras la erupción del Vesubio en el 75 a. de C.) ofrecían a sus clientes vestuarios repletos de pinturas eróticas con representaciones explícitas tales como sexo oral, orgías con todas las combinaciones de género posibles, mujeres deleitándose con consoladores, felaciones y cunnilingus, o de un hombre de enormes testículos.

Aquellos baños públicos pompeyanos eran especialmente populares porque albergaban los lupanare (burdeles), consistentes en diez estancias, cinco por planta, con un colchón por todo mobiliario. Una cortina cerraba el paso a la habitación, encima de cuya entrada a menudo figuraba el nombre y precio de la prostituta con pinturas ilustrando con todo detalle las posturas y servicios especiales (schemata veneris) que ofrecía.

Pompeya fue el centro de la prostitución de la época. Además de lugar de recreo sexual para los más ricos, sus burdeles eran más baratos y abundantes que en cualquier otro lugar del Imperio Romano. Los lupanares de las villas privadas de la elite local, por lo general ubicados en una estancia del patio trasero, estaban al cuidado de la señora de la casa y contaban con esclavos a cuyos servicios el señor y sus hijos tenían libre acceso.

Las autoridades romanas estimulaban la industria del sexo emitiendo una especie de ficha denominada spintria con la que los ciudadanos libres pagaban los servicios de las prostitutas. Dichas fichas consistían en monedas de bronce mostrando posturas sexuales en el anverso y un numeral romano indicando el valor de la ficha en el reverso. Las prostitutas tenían la posibilidad de publicitar sus servicios en una pared de la Basílica (un tribunal civil), detallando sus precios y servicios especiales.

La iglesia romana intervenía también organizando anualmente las bacanales, un festival de la fertilidad en honor del dios romano del vino, de la libertad, la embriaguez y el placer, en el que el sonido atronador de los tambores ahogaba los gritos de un sexo violento y borracho.

Arte Clásico y Cristianismo

Del mismo modo que Roma adoptó en su cultura gran parte del legado jurídico, religioso, cultural y físico de Grecia, el Vaticano absorbió la antigüedad romana y la incorporó a su propio imperio. La antigua ciudad de Roma fue rebautizada como Ciudad del Vaticano y las provincias romanas se reconfiguraron como diócesis. Del emperador romano se pasó al papa, que continuó gobernando como monarca absoluto. Los senadores romanos se transformaron en cardenales, los gobernadores en arzobispos, las vírgenes vestales pasaron a llamarse monjas y el pontífice (un título que en origen se reservaba a sumo sacerdotes de dioses paganos) mantuvo su posición y hasta su nombre, aunque ahora sirviendo a un único Dios.

La institucionalización y expansión del monoteísmo cristiano llevaron a los líderes de la Iglesia a emplearse a fondo para erradicar las creencias religiosas de las civilizaciones clásicas, a sus ojos paganas y pecaminosas. El primer objetivo a batir fue el panteón de los antiguos dioses para su sustitución por un Dios único y omnipotente (apoyado por un ejército de santos). Donde antes había dioses masculinos y femeninos —y algunos hasta ni una cosa ni otra— que luchaban, fornicaban y celebraban, la Iglesia instituía ahora un único regidor masculino e infalible del universo. Donde griegos y romanos veneraban diosas que mantenían relaciones sexuales con mortales e inmortales, la Iglesia relegaba a las mujeres santas al estatus de vírgenes piadosas.

Junto a diversas iglesias, capillas, conventos y otros lugares de culto, la Ciudad del Vaticano alberga sepulcros, camposantos, palacios, torres, complejos residenciales, una farmacia (la más concurrida del mundo), bancos y bibliotecas. Además, el Vaticano creó y aloja los primeros museos del mundo: los Museos Vaticanos, un grupo de museos de arte y arqueología fundado por el Papa Julio II a comienzos del siglo XVI y que continúa siendo una de las instituciones museísticas más visitadas del mundo. En 2013 cinco millones y medio de personas visitaron el complejo. Los ingresos procedentes de las entradas y de las ventas de sus tiendas de regalos constituyen la principal fuente de ingresos del Vaticano.

La construcción de los museos fue supervisada por una sucesión de papas que se aseguraron de que los edificios desplegaran la misma majestuosidad y espiritualidad de las catedrales e iglesias construidas dentro de la Ciudad del Vaticano. Las obras de arte expuestas en los museos, muchas de ellas herencia de la antigüedad griega y romana, eran contempladas con una reverencia tan profunda como las sagradas imágenes y figuras católicas de las iglesias cercanas.

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Y aunque se considera al Vaticano como modelo de la arquitectura moderna de los museos y de la exhibición artística, con numerosos papas del pasado ejerciendo de respetados mecenas, la realidad es que la Iglesia católica siempre ha sido uno de los mayores enemigos de las artes. La Iglesia desfiguró o demolió muchas estatuas, esculturas, pinturas, mosaicos y ornamentos clásicos que representaban “falsos” dioses, lo que equivale a decir la mayoría del arte antiguo. En la Edad Media, muchas estatuas antiguas fueron destruidas por orden expresa de las autoridades eclesiásticas y censuradas durante el Renacimiento, poniéndose especial empeño en “castrar” todos los penes en cuadros o esculturas, o como mínimo en taparlos con hojas de parra para evitar que esas imágenes pornográficas corrompieran al gran público.

Gran parte del arte erótico griego y romano que consiguió sobrevivir a la destrucción de la Iglesia católica estaba escondido en cámaras acorazadas del Vaticano que convirtieron la institución en sede de la mayor colección de pornografía antigua del planeta.

Que además del arte antiguo la Iglesia católica heredara las antiguas prácticas sexuales de griegos y romanos es una realidad que ha sido oportunamente soslayada. Como en épocas pretéritas, durante largo tiempo, chicos enviados por sus padres a servir al Vaticano fueron tratados como esclavos sexuales para el placer de hombres maduros, una tradición respetada durante siglos y ampliamente practicada por las más altas jerarquías de la Iglesia católica.

Y aunque la Iglesia presenta sus actos de pederastia —considerados delictivos por el derecho de prácticamente todos los países— como hechos aislados, podrían seguir siendo tan habituales como en el pasado. Que la Iglesia católica censure el arte erótico reservándose para sí el más explícito y que prohíba pública y vehementemente la homosexualidad, la sodomía y la pederastia mientras sus miembros se abandonan a ellas ad libitum, revela no solo pura hipocresía, sino también la fiel continuidad de antiguas tradiciones paganas en el seno de una institución religiosa fundada sobre la aniquilación de las mismas.

COLECCIONES SEXUALES SECRETAS

A pesar de sus esfuerzos, el Vaticano fue incapaz de descubrir o de guardarse para sí la totalidad del arte sexual pagano. El Imperio Árabe, cuya visión del arte y la sexualidad fue bastante más indulgente, conservó el arte clásico y le sirvió de puente para su llegada a la época moderna salvando los inicios de la era cristiana. Pero además, las obras de arte que habían quedado sepultadas por la acción de la Iglesia o por otros motivos acabaron siendo excavadas por los arqueólogos modernos y preservadas.

Las obras de arte eróticas o sexualmente explícitas de los hogares, baños y casas de lenocinio de Pompeya quedaron ocultas bajo la tierra tras la erupción del Vesubio. Perfectamente conservadas bajo la ceniza volcánica, serían redescubiertas más de mil quinientos años después, en 1986. El arte antiguo sacado a la luz quedó, sin embargo, enterrado de nuevo, esta vez en el Museo Arqueológico de Nápoles.

En 1821, aquellas piezas artísticas que fueron catalogadas como obscenas e inapropiadas para su exposición al público en general (es el caso de penes de piedra, mosaicos eróticos, estatuillas representando actos de bestialismo y desnudos) quedaron confinadas en el llamado Gabinete Secreto o Museo Secreto, cuya puerta fue clausurada en 1849. Solo en décadas recientes ha sido posible que esos fondos de arte clásico, fundamentales para la comprensión real de las culturas antiguas, hayan podido exponerse al gran público.

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También el Museo Británico tiene sus estancias secretas, que datan de la década de los treinta del siglo XIX, cuando algunas antigüedades de Egipto, el Cercano Oriente y las civilizaciones clásicas donadas por un banquero fueron almacenadas en lo que pasó a denominarse “Gabinete de Objetos Obscenos” del museo, o Secretum.

El Secretum consta de más de 400 objetos incluyendo esculturas egipcias, vasos griegos, terracotas y bronces romanos y relieves de templos indios, todos ellos clasificados por el museo como “Símbolos de Cultos Antiguos de la Humanidad”. El Secretum permaneció en el Departamento de Antigüedades Británicas y Medievales hasta los años sesenta, cuando fue transferido a un recién creado Departamento de Antigüedades Medievales y Posteriores, que es el que guarda hoy la colección.

Las piezas artísticas en esos fondos estaban resservadas exclusivamente al deleite visual de una pequeña y clandestina sociedad de gentlemen entendidos en arte, directores de museo y coleccionistas privados, que disfrutaban con el intercambio de imágenes prohibidas de arte pornográfico, actividad que llevaban a cabo con pretextos eruditos y artísticos. Inspirados por aquellas colecciones museísticas secretas, muchos miembros de las elites europeas crearon en sus propias casas, a base de antigüedades eróticas originales o copiadas, sus propios gabinetes eróticos, que funcionaban como espacios privados de recreo y placer en los que las personas volvían de nuevo a experimentar una interacción íntima con el arte.

Sin embargo, la contemplación de aquel tipo de creación artística seguía estando vedada al gran público con el pretexto de que carecía de la madurez necesaria para comprenderla desde una perspectiva puramente estética. Para los custodios de aquellas obras, solo hombres mayores y de un cierto estatus social podían situarse ante aquellas piezas sin sucumbir a la excitación sexual.

El advenimiento de la Era Cristiana hizo que la arquitectura religiosa y pública oficial se concibiera para reprimir la sexualidad y otras actividades corporales. Lo mismo sucedió con la propia arquitectura del museo, pensada para reducir al mínimo cualquier tipo de intimidad corporal con la obra de arte, separando físicamente a las personas de los objetos y colocando en cada sala unos guardias que vigilaran todos los movimientos de las personas. Al mismo tiempo, el diseño, la iluminación y la acústica de los espacios museísticos propician un silencio reverencial, muy parecido al que domina en el interior de las iglesias.

Promoviendo una visión meramente estética del arte, extrayendo las obras de sus contextos originales (lugares de actividad sexual) y difuminando su fuerza pagana originaria, y manteniendo las piezas artísticas sexualmente explícitas fuera de la vista, los museos han tratado de minimizar en las piezas de arte antiguo el contenido sexual y de evitar que la atención se centre en ese tipo de elementos.

Para el museo el arte es algo que ilumina y enaltece la existencia humana, haciendo aflorar emociones y pensamientos “elevados”. Como el arte eclesiástico y la oración, los museos se esfuerzan al máximo en alejar la mente de las personas de sus cuerpos y de sus necesidades sexuales, alentando en su lugar ideas espirituales y estéticas. Es así como los museos reprograman la forma en que las personas responden a las imágenes eróticas, sustituyendo reacciones naturales, libidinosas, interactivas por una apreciación estética, pasiva de artistas o periodos individuales o de las cualidades compositivas y formales.

Dicho esto, a pesar de todas las medidas antieróticas tomadas por los museos (prohibiendo la música, el consumo de alcohol y todo exceso de movimiento corporal), el arte continúa cumpliendo con su función primigenia de excitar e inspirar la sexualidad. Con independencia de cómo el museo desee presentarla, la creación artística de la antigüedad nunca respondió al principio del arte por el arte, a una apreciación meramente visual ni reflejó el genio del hombre, sino que siempre sirvió a funciones sociales concretas y frecuentemente sexuales.

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La contemplación de imágenes eróticas estimula los centros visuales del cerebro y actúa como un afrodisiaco, liberando hormonas, adrenalina, neurotransmisores y otras sustancias que a su vez estimulan los centros de placer del cuerpo. La religión pagana empleó ese poder para fomentar la procreación, pero la Iglesia católica se sintió amenazada por la sexualidad y buscó contenerla etiquetándola como pecado e invocando los horrores del infierno y, cuando eso dejó de funcionar, recurriendo a la censura y al castigo. Ayudándose de la arquitectura, de la vigilancia y de una educación artística que promueve una reacción simplemente estética, los museos también trabajan para eliminar de la contemplación del arte esas reacciones biológicas.

La densa atmósfera represiva del museo, tan parecida a la de un lugar de culto, junto a la omnipresencia de tetas, culos o pingas (no erectas), crea una extrema tensión sexual que explica que los museos sean lugares de merodeo de adolescentes excitados y depredadores sexuales. La presión institucional para que no veamos la obra como algo sexual puede provocar el efecto perverso de intensificar la experiencia erótica de la visita al museo. Muchos niños acceden por vez primera a la visión de la desnudez humana en sus visitas escolares a museos, sobre todo en arte antiguo (seguro que la Venus de Milo ha inspirado a lo largo de los siglos las fantasías sexuales de millones de niños y niñas), lo que puede afectar a nuestra forma posterior de percibir el sexo y el arte.

A pesar de que la Iglesia católica y los museos de arte han intentado siempre —al menos públicamente— separar arte y sexo y expulsar la sexualidad del espacio público, el regreso de la función sexual reprimida del arte continúa evidenciándose en todas las culturas modernas.

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Máquinas del placer

Sea cual sea la visión que de sí mismos tienen, los museos no son herederos de las auténticas tradiciones culturales y artísticas grecorromanas. Al extirpar por completo del arte el sexo y el erotismo, esas instituciones artísticas niegan la fuerza motriz de las culturas antiguas y representan impropiamente la función del arte. Por extraño que parezca, los verdaderos herederos de las tradiciones clásicas son instituciones que rara vez albergan piezas auténticas de arte antiguo y que suelen ser vistas como las más vulgares, moralmente degradadas e incluso delictivas. Hablamos de los prostíbulos.

Los prostíbulos reúnen varias de las funciones paganas y rituales originales del arte, la arquitectura y el sexo. Básicamente, el prostíbulo es un templo del placer al que los hombres acuden a adorar el cuerpo femenino y practicar el acto sexual, y en esos lugares el arte y la arquitectura nunca se distancian de su rol auténtico y original de estimulación sexual. El prostíbulo moderno supone en esencia una democratización del gabinete secreto, en donde una población mucho más amplia, aunque aún fundamentalmente masculina y de las clases más pudientes, contempla el arte como un afrodisiaco al servicio de la actividad sexual.

Por mucho que la Iglesia y el Estado se hayan esforzado para eliminarlos de la faz de la tierra, los prostíbulos existen desde la antigüedad en todas las culturas. En la Europa medieval la prostitución era tolerada y muchos pueblos y ciudades crearon burdeles propios y legales (aunque lo normal era que se les permitiera operar solo en los límites urbanos). Únicamente los hombres solteros podían disfrutar de los servicios de las prostitutas locales y tanto los judíos como los sacerdotes tenían prohibido el acceso (y eso que muchos establecimientos eran gestionados por altos funcionarios eclesiásticos). La epidemia de sífilis que barrió Europa en las postrimerías de la Edad Media llevó al cierre de la mayoría de los burdeles.

Prohibidos en Francia durante siglos, en torno a 1470, bajo el reinado Luis XI, su presencia volvió a ser tolerada y a finales del siglo XIX las autoridades dieron muestras de mayor permisividad para con la “profesión más antigua” de la civilización. Napoleón, un convencido de que se trataba de una necesidad social (el mismo se inició con una profesional), dio total libertad a la prostitución si bien restringiendo la existencia de burdeles a ciertos barrios, estableciendo que solo podían ser gestionados por mujeres y exigiendo el encendido de un farol rojo en el exterior del establecimiento (una tradición heredada de los antiguos romanos que encendían velas fuera de los prostíbulos).

En la segunda mitad del siglo XIX, con París convertida en la ciudad europea más proclive al sensualismo, los burdeles, en sintonía con las nuevas libertades económicas y artísticas que se disfrutaban en la ciudad, funcionaban como sociedades secretas de caballeros. Bajo la denominación de maisons de tolerance o machines de plaisir, los burdeles franceses operaban con legalidad y hacia 1810, solo en París, había ciento ochenta establecimientos legalizados. La Guide Rose, publicada anualmente, listaba los burdeles de la ciudad, sus precios, los placeres especiales que ofertaban y su catálogo de cortesanas estrella (muy al estilo de los baños romanos y de los anuncios de las antiguas basílicas), junto a anuncios de preservativos y de otros artículos de índole sexual.

Pero aunque en el París de aquel tiempo floreciera la prostitución, los burdeles eran el colmo de la discreción: unos recintos exclusivos a los que el ciudadano corriente no estaba invitado. El burdel favorecía un estilo arquitectónico que los estudiosos han llamado “invertido”: invisible desde la calle (la única pista era un número identificativo ligeramente mayor y más llamativo de lo habitual y una luz roja), era lujoso y ostentoso en su interior y a menudo estaba repleto de secretos pasadizos y entradas, escaleras surrealistas y espejos de doble vista.

La crème de la crème de los burdeles parisinos era le Chabanais. Con un coste aproximado de construcción de doce millones y medio de dólares y acciones vendidas a precios exorbitantes a la elite del país, le Chabanais acabó convirtiéndose en el prostíbulo más rentable del continente europeo. Casualmente, aquel antro de inmoralidad estaba ubicado a escasos metros del Louvre, y es seguro que entre los accionistas y clientes de aquel discreto, si bien más profusamente decorado, vecino se encontraría más de un miembro del consejo y del patronato del museo.

El vestíbulo del elegante prostíbulo estaba diseñado como una cueva de piedra, evocando así el lugar primitivo del arte y la sexualidad humanos. La propia casa estaba llena de sinuosas escaleras y balaustradas cubiertas de un cordel de oro intercalado con motivos de la naturaleza. En el recibidor había varios sofás de estilo romano y más de una docena de óleos representando centauros machos y hembras copulando, cortesía de Toulouse-Lautrec quien, aunque su propio taller se encontraba en la la Fleur Blanche, otra extravagante casa de putas parisina, no tuvo el menor reparo en donar su arte a cambio de crédito en le Chabanais.

Cada uno de los treinta dormitorios del burdel estaba decorado con un tema diferente, dedicado a las grandes culturas eróticas del planeta. Había una habitación moruna (la favorita de Guy de Maupassant, que construyó una réplica en su propia casa), una hindú y otra turca. La Habitación Veneciana evocaba el Renacimiento italiano y contaba con un lecho gigante en forma de concha marina sobre el que se iban turnando prostitutas desnudas en pose de Venus. Evidenciando una gran apreciación de la cultura clásica (y de los prostíbulos clásicos) había también una estancia dedicada a Pompeya.

Eduardo VII, que poco tiempo después se convertiría en rey de Inglaterra y que por entonces era conocido como “Bertie el sucio”, fue un huésped tan apreciado que se le permitió diseñar muebles para el lugar adecuados a sus personales y particulares gustos. Su famosa siege d’amour (silla del amor) llevaba asas, un segundo diván reclinable bajo el asiento del amor, y dos pares de estribos para facilitar los ménages a trois del personaje, que se hizo también diseñar una bañera de cobre en forma de esfinge (adquirida con posterioridad por Salvador Dalí, que la instaló en su suite en un hotel de París y le incorporó un teléfono).

Otra famosa casa de lenocinio parisina fue Un-Deux-Deux, que contaba con veintidós estancias temáticas incluyendo una habitación africana y un iglú. La habitación pirata estaba equipada con una barca-columpio mecánica y con unos chorros que disparaban agua del mar sobre los clientes, mientras la habitación del Orient Express les permitía vivir sus fantasías de sexo en un tren con una réplica de un vagón traqueteante y banda sonora ferroviaria.

La arquitectura del sexo

La casa de Miss Betty, un burdel especializado en juegos de dominación, ofrecía una “sala de crucifixión” y la sala de tortura del Infierno de Satán. Les belles japonaises, Le palais oriental y Le Sphynx fueron otros célebres burdeles parisinos.

El interiorismo y la arquitectura de los burdeles parisinos se inspiraron en la antigua cultura grecorromana, pero también en Oriente, donde la interconexión íntima de las prácticas arquitectónicas, artísticas y sexuales seguía plenamente vigente en los harenes de Turquía y de otros países. El término haraam designa algo o alguien prohibido y se convirtió en la denominación del lugar secreto en donde los dirigentes otomanos encontraban sus placeres personales. Los harenes contaban con docenas de dormitorios asignados a las esposas, “favoritas” y concubinas (esclavas) del sultán. A mediados del siglo XVIII, el harén del sultán Mahmud I estuvo habitado por cerca de medio millar de concubinas, que superaron las ochocientas en el caso del harén del sultán Abdülaziz, ya en el siglo XIX. Aquellas concubinas participaban en las celebraciones religiosas, recreativas y sexuales que tenían lugar en el interior de los harenes. Unos hospitales internos ayudaban a los sultanes a mantenerse libres de enfermedades venéreas.

Al reincorporar en su diseño las tradiciones sexuales y artísticas de las antiguas culturas, los burdeles parisinos del siglo XIX y de principios del XX se situaron a la cabeza de la vanguardia arquitectónica. Muchos de aquellos prostíbulos eran gigantescos entes multifuncionales dotados de restaurantes, bares, night clubs, docenas de habitaciones y suites para los clientes y dormitorios colectivos y doctores de la casa para las mujeres que trabajaban en ellos.

Los cuadros y esculturas que decoraban esos establecimientos del sexo eran obra de los mejores artistas locales del momento (muchos de ellos clientes asiduos) y las habitaciones, y hasta burdeles completos, estaban diseñados por directores de arte de vanguardia que trabajaban en el cine de la época. El Salón Japonés, que contaba con seis divanes dispuestos en círculo en torno a un incensario, se hizo con el premio al mejor diseño en la Exposición Universal de París de 1900.

Pero esa arquitectura de fantasía no solo fue una de las más avanzadas de su tiempo, aquellos palacios del placer incorporaban también los aparatos y tecnologías más modernos (el aire acondicionado se utilizó por primera vez en un burdel parisino), contribuyendo así a la modernización de Europa. En un prostíbulo los visitantes podían mirar dentro de una caja de cartón equipada con unas lentes estereoscópicas imágenes de las prostitutas disponibles, mientras otras cajas mostraban, para entretenimiento de los clientes, breves películas eróticas mudas, un medio por entonces emergente.

Aunque en su versión americana los prostíbulos nunca fueron tan lujosos como los parisinos, mostraban igualmente un amplio espectro de arquitectura de fantasía cuyo interiorismo se remontaba también a las antiguas culturas europeas, o a las orientales, y a menudo fueron el centro de la cultura local. Los prostíbulos de Las Vegas de hoy despliegan, como los casinos, columnas, estatuas y fuentes clásicas romanas o tradicionales interiores japoneses, si bien la mayoría reflejan los géneros de la conservadora arquitectura propia de Norteamérica: urbana, suburbana, de rancho, de campo de caravanas y hasta de centro comercial.

Además de en los burdeles, esa tradición clásica de fundir arquitectura de fantasía, arte y sexo ha encontrado continuidad en el auge de los pisos de solteros, áticos de playboys, clubes de intercambio de parejas, cines porno y, seguramente, y sobre todo, en los hoteles del amor.

La arquitectura del sexo

LOS HOTELES DEL AMOR

La cama de matrimonio del hogar familiar nunca fue el centro de la actividad sexual. Desde que la humanidad creara la ciudad, los hombres y las mujeres del mundo entero han disfrutado de más y mejor sexo en lugares concebidos expresamente para esa actividad.

En Cali hay docenas de prostíbulos, desde pensiones de mala muerte con habitaciones sin otro mobiliario que un simple colchón, a locales modernos con apariencia de hotel de cuatro estrellas, pasando por burdeles con bares gigantescos y hasta cincuenta mujeres trabajando en ellos. En la ciudad, cines, salones de billar, bares, hoteles, discotecas, cibercafés, spas, salones de belleza, gabinetes de masaje, gimnasios y hasta un showroom de lencería funcionan, además, como prostíbulos. La prostitución en Cali es legal y ampliamente extendida, y al ser una ciudad con poco turismo (sobre todo por el alto nivel de violencia), la mayoría de esos establecimientos sexuales están ahí para satisfacer a la población local.

En las últimas décadas los hoteles y moteles del amor se han convertido en una potentísima industria mundial. En Cali esos lugares se han integrado en la cultura local y también en la arquitectura de la ciudad. Como los prostíbulos de la ciudad, en Cali los hoteles del amor son de todas las formas y tamaños y sus tarifas se adaptan a todos los bolsillos. Muchos despliegan fachadas de diseño de fantasía y nombres tan sugerentes como Noches de Aventuras, Tardes de París, La Diosa del Amor, Paraíso, la Torre, el Escondite, el Rey, Punto G, Geisha, Tú y Yo o Fantasía.

Los hoteles del amor más veteranos se encuentran en el centro histórico de la ciudad, mientras que muchos de los más modernos se sitúan en una zona de las afueras de Cali conocida por sus numerosos clubes de salsa. Su popularidad ha llevado a las autoridades locales a suspender la construcción de nuevos hoteles del amor; en su lugar, los aparta-hoteles (teóricamente alquilados por semanas aunque en su mayor parte lo hacen por hora) se han multiplicado por toda la ciudad.

Si bien es cierto que algunos hoteles se utilizan para la prostitución de hombres, mujeres, menores y travestis, muchos sirven a amantes y parejas casadas del lugar en busca de un toque de clase y de exotismo que añada un poco de pimienta a su vida amorosa. Además de fantasías sexuales de todo tipo, los hoteles del amor satisfacen la fantasía del viaje, animando a las personas a dejar su hogar y la comodidad (o el aburrimiento) de sus camas y dándoles la oportunidad, aunque sea por un par de horas, de ascender una o dos clases socioeconómicas proporcionándoles un acomodo de lujo y un estilo internacional.

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Motel Kiss Me

Sobre una de las muchas terrazas del Hotel Kiss Me, rodeada de torres y castillos medievales y de caballeros vestidos con armaduras se alza, en toda su altura, la mayor Venus de Milo del mundo. Con casi diecisiete metros de altura y cuatro toneladas de peso y sus gigantescos senos desnudos expuestos a la contemplación de todos, la estatua es uno de los hitos más reconocibles de todo Cali y uno de los pocos iconos visibles al sobrevolar la ciudad.

Venus, versión romana de Afrodita, diosa griega del amor y el placer, era la encargada de excitar e incitar a las personas a realizar actos sexuales. Las representaciones eróticas de Afrodita han inspirado a miles y miles de amantes a lo largo de los siglos (de ahí el término afrodisiaco), y esta estatua en la azotea es todo un símbolo de la estética y la filosofía del Motel Kiss Me.

El hotel anima a sus visitantes a realizar sus propias orgías en las habitaciones. Se dispone de abundante alcohol y alimentos a precio asequible, no hay limitaciones al volumen de la música, uno puede practicar su pole dance de estilo burlesque o hacer un estriptis al son de música de salsa, gritar y gemir todo lo que se quiera o hacer el amor sobre las obras de arte. Vibradores y dildos, estimuladores anales y de punto G, consoladores con arnés, butt plugs dobles, estimuladores de clítoris electrónicos y varias marcas de Viagra genérica, se encuentran a la venta en el sex shop del vestíbulo, en donde los empleados están más que dispuestos a explicar su funcionamiento.

Haciendo girar la “ruleta del amor” instalada en cada habitación, las parejas pueden practicar las distintas posturas indicadas por las imágenes eróticas de la rueda. Algunas habitaciones (como mi suite Presidential Gold) ofrecen jacuzzis y saunas para hacer el amor y muchas otras cuentan con opciones adicionales como postes de pole dance, columpios, arneses o hamacas. Unas máquinas del amor que nos recuerdan a aquellas sieges d’amour de los burdeles parisinos se convierten aquí en elaboradas instalaciones decoradas con gorilas, dioses peruanos o líderes socialistas latinoamericanos, dependiendo del tema de la habitación, y cuentan con postes o asas que facilitan la adopción de posturas diferentes y complicadas.

Si tenemos en cuenta la cantidad de arte hecho con cemento que guardan las habitaciones, hay más toneladas de arte en el Kiss Me que en la mayor parte de los museos. Si no fuera por el sex shop del vestíbulo, los tres canales porno de la televisión, los postes de pole dance de muchas de las habitaciones y los jacuzzis y saunas, el Motel Kiss Me podría confundirse con un museo de arte popular. Sin embargo, al contrario de los museos, el Motel Kiss Me no tiene cámaras de seguridad ni vigilantes y se anima a los visitantes a interactuar libremente con las obras de arte.

Curiosamente hay muchas menos imágenes y objetos representando tetas, culos o pingas en el Motel Kiss Me que en la mayoría de museos. El acto mismo de abandonar el aburrido confort del hogar propio y encaminarse a un hotel del amor repleto de arte (aunque no se trate un arte sexualmente explícito) es ya, de por sí, excitante.

Haciendo hincapié en lo exótico más que en lo erótico, el Motel Kiss Me no solo regala a sus clientes un entorno que anima a hacer el amor, les ofrece también un recorrido didáctico por las más grandes culturas del planeta. Para aquellos ciudadanos de Cali que jamás saldrán de su país, pasar un par de horas en el hotel supone la oportunidad de emprender un viaje virtual por las ciudades más famosas del globo, y para los que nunca pondrán un pie en un museo, la ocasión de convivir con arte.

Con sus habitaciones temáticas alusivas a los templos de fertilidad egipcios, a los templos dionisiacos de Grecia, a las orgías romanas, los harenes turcos, las pagodas orientales, las geishas japonesas o los burdeles de la Belle Époque, Kiss Me ofrece una fiel recreación de la historia de la arquitectura del sexo y muchas de sus habitaciones más populares nos remiten a culturas antiguas que fomentaban la conexión íntima e inspiradora entre arquitectura, arte y sexo.

Sin saber gran cosa de aquellas culturas exóticas, el propietario del Kiss Me y los artistas y artesanos que decoraron las habitaciones han puesto en pie un homenaje a algunos de los más grandes palacios del amor de la historia y devuelto el arte al lugar que le corresponde, no como algo hecho para entonar con el sofá, sino para inspirar y estimular la actividad sexual que tiene lugar sobre la cama.

Y lo que es más: el servicio social que ofrecen el Kiss Me y otros hoteles del amor de Cali promoviendo tanto el sexo seguro como el buen sexo, brindando libertad sexual a parejas homosexuales, ofreciendo una escapada asequible que permita a personas de todas las clases sociales disfrutar de un poco de arte en un ambiente exótico y liberarse del estrés cotidiano, genera en la ciudad un entorno más sano y más feliz, precisamente la función originaria y tradicional de la arquitectura, el arte y el sexo.

Atlántica

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