Juan Manuel Echaverría

Texto por Hans Michael Herzog

«Mi arte no es para decorar paredes. Es para derrumbar muros»

Juan Manuel Echavarría pertenece a esa generación de artistas colombianos que ha sabido enlazar su obra, de la forma más natural, con la coyuntura social y política de su país. No es de extrañar si tenemos en cuenta las circunstancias, no muy distintas de una guerra civil, que desde hace ya más de cincuenta años convulsionan Colombia. Para muchos de sus contemporáneos se convirtió casi en una obligación moral pronunciarse políticamente a través de su arte.

Juan Manuel Echavarría se incorporaría más tarde, quizá por ello de forma más radical e intensa, a las denominadas artes visuales. Anteriormente había dedicado sus facultades creativas a la literatura y la poesía, que a su parecer dejaron de ser, hace ya décadas, lo suficientemente expresivas como para plasmar sus ideas artísticas. En su opinión de literato, recursos como la metáfora en tanto que instrumento de creación de imágenes estaban ya excesivamente manidos. De ahí que se plantease la tarea de aproximarse a la imagen de una manera radicalmente inmediata, de transmitirla tal cual era mediante fotografías para, de ese modo, llegar quizá a un mensaje más preciso y desnudar así el corazón de la cuestión.

Más allá de la fotografía, Echavarría se adentraría enseguida en el vídeo como medio ampliado de expresión y documentación de aquellos contenidos que le interesaba investigar. La mayor complejidad de esta estrategia requería contar con un equipo y, sobre todo, con un compañero artístico con el que hermanarse, algo que halló enseguida en el joven artista colombiano Fernando Grisales, con quien lleva trabajando ya cerca de veinte años.

Sin perjuicio de lo anterior, el buen arte no tiene que contar inevitablemente con todo un elenco de colaboradores, y esto es algo que queda de manifiesto en su obra temprana de vídeo «Guerra y pa’» (2001) (vídeo monocanal, 9:00 min). Echavarría entrenó durante meses a dos loros en el aprendizaje de las palabras «guerra» y «paz» para, a continuación, posarlos sobre una viga horizontal en la que pugnarían por el espacio como parte de una desternillante comedia musical: el macho eriza las plumas mientras grazna y grita «guerra», mientras que la hembra, acosada por el grosero macho que la empuja con todas sus fuerzas, pronuncia su «paz» con un canto más bien apocado, casi avergonzada. Una metáfora magistral y divertida, tanto en referencia a la denominada «guerra de sexos» como a la situación colombiana (enlace).

Echavarría firmó una de sus obras más importantes con su pieza de 2003/2004 «Bocas de ceniza» https://jmechavarria.com/en/work/mouths-of-ash/ (vídeo monocanal, 18:50 min), incomparable en su autenticidad y urgencia. En ella, testigos que han vivido en sus carnes atrocidades bélicas y masacres cantan temas sencillos, compuestos por ellos mismos, en los que describen y tratan de procesar de manera catártica las inenarrables experiencias vividas, como si de un acto autoterapéutico se tratara. Pocas veces se ha producido acerca de este tema un documento tan sincero y conmovedor (enlace).

Luzmila Palacios, Bocas de ceniza, 2003-2004
Luzmila Palacios, Bocas de ceniza, 2003-2004

Con esta obra, Echavarría franqueó nuevas fronteras artísticas, al dejar de ser tan solo un artista políticamente comprometido que trataba sus ideas personales acerca de la violencia y la guerra y pasar a intervenir en la esfera sociopolítica, empleando una vez más el material gráfico como documento. Desde entonces, fusiona en su producción documentos y obras de arte. Sin abandonar las consideraciones estéticas, Echavarría se adentró así en el terreno de la realidad política y dio voz a todos aquellos que, aunque hasta entonces no habían sido escuchados, tenían mucho más que decir que quienes no habían sido testigos en primera persona.

Como consecuencia natural de sus nuevas experiencias personales, Juan Manuel Echavarría fundó poco después, en 2006, la Fundación Puntos de Encuentro, que ha hecho honor a su nombre desde entonces. A esta iniciativa se deben innumerables proyectos y actividades de carácter rompedor. De particular significancia sociopolítica son los talleres de pintura desarrollados con excombatientes durante los años 2007-2009: Juan Manuel Echavarría y Fernando Grisales invitaron a ex miembros de las FARC y del ELN (considerados grupos terroristas), así como a antiguos paramilitares de las AUC y soldados ordinarios del ejército colombiano, para que plasmasen y narrasen en imágenes sus experiencias bélicas. En medio de la situación política colombiana de aquel entonces, este era un acto totalmente revolucionario.

De la actividad surgieron casi quinientas imágenes, que documentaban la guerra civil colombiana con todos sus inconmensurables horrores y traumas y pudieron exponerse después en varias ciudades colombianas. Mencionar públicamente por sus nombres a todos los autores y autoras de estas obras, cosa por aquel entonces inconcebible, es algo que con el tiempo se ha vuelto factible. En la Feria del Libro de Bogotá de 2019 pude visitar un coloquio en el que Echavarría compartió mesa con otros representantes de las FARC y de la AUC. Este fue un paso de gigante hacia la normalización humanitaria, harto cuestionada por la actual política colombiana.

Henry «El Sueco» tortura a un ser humano, La guerra que no hemos visto, 2007-2009
Henry «El Sueco» tortura a un ser humano, La guerra que no hemos visto, 2007-2009

Por supuesto, en este sentido surge la reflexión de hasta qué punto no se debe reformular de manera fundamental la cuestión de victimario y víctima. Esto es así porque, con demasiada frecuencia, procede conceptualizar a los victimarios como víctimas en sí mismos de un terrible círculo vicioso: al fin y al cabo, la mayoría de quienes más tarde serán victimarios son reclutados a la fuerza, en su infancia y adolescencia, bajo amenazas de violencia extrema. Determinante en la estrategia artístico-documentalista de Echavarría y Grisales es que, de manera patente, no solamente hablan de la víctima, sino que colaboran con la víctima y permiten que su voz se escuche. En este sentido, es de gran importancia la justicia restaurativa que desde entonces se ha venido practicando en Colombia, un tipo de justicia penal centrado en rehabilitar a los delincuentes mediante la reconciliación con sus víctimas y con la comunidad.

En la extensa serie de vídeo «La guerra que no hemos visto», Echavarría y Grisales establecen finalmente un vínculo entre las imágenes ya mencionadas, surgidas de los talleres, y los correspondientes comentarios de sus autores en forma de documento acústico, así como vistas de dron de los paisajes y pueblos descritos, para que la descripción oral y fotográfica de los sucesos tome forma topográfica ante nuestros ojos. Un ejemplo extremadamente logrado e impactante de ello es el vídeo «Amargura y sufrimiento en los portales del Río Fragüita», que forma parte de la serie «Ríos y silencios». (Técnica) (Fotografía)

Los trabajos de Echavarría y Grisales son discretos en su puesta en escena, pero ello no hace sino prolongar más aún su efecto. «Requiem NN» narra la historia de una costumbre, de primeras extraña, practicada desde hace años por los ciudadanos de Puerto Berrio, a orillas del Río Magdalena. Ante la innumerable cantidad de cadáveres lanzados al río durante el tumulto de la guerra civil con idea de hacerlos desaparecer para siempre, los habitantes de esta ciudad decidieron recuperar los cuerpos del agua y enterrarlos dignamente en su cementerio local con la inscripción «NN» (en latín: nomen nescio) para combatir así su caída en el olvido y el anonimato.

Requiem NN, Puerto Berrio, 2006-2013
Requiem NN, Puerto Berrio, 2006-2013

Con el paso del tiempo, los nuevos muertos de nombre «NN» pasaron a ser objeto de veneración y destinatarios de oraciones en busca de ayuda y milagros. A cambio, y como parte de esta simbiótica relación, recibían afecto, se atendían sus tumbas y, en algunos casos, fueron adoptados de manera póstuma y de pleno derecho, recibiendo nuevos nombres con el fin de devolverles, hasta cierto punto, la dignidad perdida. (enlace a la película) http://www.requiemnnfilm.com/index.html

Requiem NN, Puerto Berrio, 2006-2013
Requiem NN, Puerto Berrio, 2006-2013
Juan Manuel Echavarría, Silencios
Juan Manuel Echavarría, Silencios

En «Silencios», la pareja de artistas fotografió durante años una serie de pizarras, impactantes y llenas de poesía, utilizadas tiempo atrás en las aulas de escuelas situadas en medio de la selva colombiana y caídas en desgracia en medio del tumulto de la guerra que, sin techo, amparo ni niños, se vieron privadas del propósito que en su día tuvieron. Durante los varios años que duró el proyecto, ambos artistas descubrieron y documentaron fotográficamente más de doscientas pizarras. Del modo más impactante, la ausencia de todo lo que nuestros hijos tanto necesitan se expresa en esta ocasión de una manera tan lacónica que resulta inquietante.

Silencio con grieta, Las Palmas, Bolívar, 2011
Silencio con grieta, Las Palmas, Bolívar, 2011

En este espacio ya no hay educación, ni cultura, ni comunicación, ni normas, ni solidaridad mutua, ni progreso, ni destino, ni futuro. Estas imágenes, como el resto de obras de Echavarría y Grisales, nos conmueven profundamente. A menudo somos incapaces de saber siquiera si deberíamos gritar o, simplemente, romper en llanto. Resulta desgarrador observar aquella pizarra en la que, con trazo fino, se ha garabateado: «Lo bonito es estar vivo».

Lo bonito es estar vivo

Con el paso de los años, Juan Manuel Echavarría ha adquirido una identidad de artista realista. En compañía de Fernando Grisales, nos acerca a aquello que es indecible, para que casi seamos capaces de comprender lo inconcebible.

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