El efecto mariposa
Si hay un año que pasará a la historia, ese es 1989. Un año que trastocó el equilibrio del planeta y revirtió las antiguas creencias que dividían el mundo en dos. La caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética marcaron indudablemente un nuevo punto de partida, si bien es cierto que los acontecimientos que se han ido sucediendo desde entonces nos conducen necesariamente a la idea de aquello que Nietzsche denominaba «el eterno retorno de lo mismo». Naturalmente, hay aspectos de ese «lo mismo» que pueden parecer radicalmente diferentes, pero cuya lógica es siempre la misma: la globalización. Actualmente, el capital gobierna por completo un planeta en el que las diferencias entre ricos y pobres son más notables que nunca, y en el que los países que se autodenominan comunistas invierten en bolsa y participan en la guerra de los mercados. Es posible, incluso, que en esta nueva era de la globalización haya personas que añoren los tiempos de la Guerra Fría, ya que al menos entonces se tenía la ilusión de saber a qué retos se enfrentaba la sociedad.
La caída del Muro permitió ilustrar en tiempo real el fenómeno bautizado como «efecto mariposa» por Edward Lorenz (meteorólogo y matemático especializado en la teoría del caos), que lo describió así: el ejemplo metafórico de cómo una perturbación menor, tal que el aleteo de una mariposa puede influir en aspectos como el tiempo de formación y el recorrido exactos de un tornado que se genera en un lugar lejano varias semanas más tarde1Edward Lorenz impartió en 1972 una conferencia ante la American Association for the Advancement of Science con el nombre: «Predictability: Does the Flap of a Butterfly’s Wings in Brazil Set off a Tornado in Texas? »).. «El aleteo de una mariposa en Brasil es capaz de provocar un tornado en Texas» es la fórmula que resume esta teoría y que ya se ha convertido en todo un clásico. Aunque la caída del Muro de Berlín desencadenó fenómenos menos meteorológicos, sin duda, que el aleteo de una mariposa, lo cierto es que sus consecuencias fueron más allá de la reunificación de Alemania, a pesar de lo que muchos europeos siguen pensando. El fin del régimen soviético trajo consigo numerosos daños colaterales: la guerra en la antigua Yugoslavia y el agravamiento de la situación en Cuba, permanentemente sometida al bloqueo estadounidense, por mencionar solo los más notables. En general, todos los «países hermanos» se vieron afectados por este reajuste en el supuesto «orden mundial». Más allá de las realidades históricas y políticas que ha modificado, la caída del Muro se podría percibir, al igual que el aleteo de la mariposa, como una metáfora.
Aunque el mundo recuerda la caída del Muro como el acontecimiento más destacado de 1989, en esa época se produjeron otra serie de «perturbaciones menores» (siguiendo con la terminología empleada por Lorenz) que, a pesar de no haberse quedado tan grabadas en la memoria, contribuyeron igualmente a desafiar el orden establecido. Ese mismo año, un inspirado Jean-Hubert Martin creó la exposición histórica Les Magiciens de la Terre con el objetivo de representar las producciones artísticas contemporáneas de todo el mundo de manera objetiva y sin prejuicios.
Sin entrar en detalles sobre la repercusión de dicha exposición, que ya ha sido ampliamente comentada en otras ocasiones, no resulta trivial que una de sus numerosas consecuencias haya sido el nacimiento en 1991 de la revista Revue, que trajo consigo el desarrollo de un enfoque diferente de la historia del arte más allá de las fronteras europeas. También en 1989, Martín Chirino fundó el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM). Por primera vez, Europa se mostraba dispuesta a salir del eurocentrismo. De hecho, el concepto inicial de tricontinentalidad (África, Europa y el continente americano) del CAAM dio lugar a un nuevo espacio de debate e intercambio entre culturas. Una nueva contemporaneidad que terminaría por influir en las opiniones internacionales, que comenzaron por fin a mostrar una actitud menos condescendiente hacia los artistas no europeos.
Sin embargo, antes de volver a los desarrollos artísticos y contemporáneos, me gustaría repasar algunos hechos históricos, políticos, económicos y religiosos del pasado. A pesar de la distinción semántica, creo firmemente que estos cuatro conceptos están estrechamente ligados entre sí y gobiernan de manera directa la organización del mundo. Así, empezaría esta suerte de regreso al futuro con las religiones abrahámicas. Aunque a continuación no seguiré necesariamente un orden cronológico, sí trataré de abarcar los distintos continentes. Como bien sabemos, las religiones han llegado a todos los rincones del planeta. Primero las cruzadas, luego las yihads y otras guerras religiosas más o menos larvadas ejercen una influencia cuyos efectos sobre la política internacional son claramente visibles a diario. La invención de la imprenta por parte de Gutenberg marcaría el apogeo del cisma de la Iglesia católica provocado por Martín Lutero.
En octubre de 1517, el monje agustino Martín Lutero publicó las noventa y cinco tesis contra las indulgencias papales en la puerta del castillo de Wittenberg, en Sajonia. Este acto de ruptura se considera el inicio de un movimiento de reforma que sentó las bases de una nueva religión cristiana, el protestantismo. El punto álgido llegó con la ya mencionada invención de la imprenta de Gutenberg, que permitió que Martín Lutero publicara sus traducciones de la Biblia a la lengua vernácula a partir de los textos originales en griego del Nuevo Testamento en 1522, y a partir del hebreo en el caso del Antiguo Testamento en 1534.
Ambos testamentos, junto con los apócrifos, conformaron la primera Biblia completa en alemán, que trajo consigo una revolución popular en cuanto a la forma de abordar la fe cristiana.
Los grandes descubrimientos (al menos desde el punto de vista occidental), no fueron únicamente viajes con un propósito científico o cartográfico, sino que estuvieron predominantemente marcados por factores económicos. Fue el periodo de la denominada terra incognita o terra nullius, que era como se conocía a Australia en Gran Bretaña. Esta etiqueta, preludio de una división del mundo por parte de las potencias occidentales, sigue teniendo consecuencias hoy en día en cuanto a la forma en la que se elaboran determinadas teorías. Partiendo del principio de que hay tierras desconocidas o, peor aún, tierras que no pertenecen a nadie, se introdujo la retórica que daría lugar a la colonización (o, lo que es lo mismo, la apropiación) y la esclavitud que, a pesar de haber dividido y deshumanizado la sociedad, contribuyeron a la creolización del mundo.
Sin embargo, esta creolización con fórceps no fue precisamente un movimiento natural, tal como demuestra la Controversia de Valladolid que tuvo lugar del 15
de agosto de 1550 al 4 de mayo de 1551, en la que se enfrentaron el dominico Fray Bartolomé de las Casas y el teólogo Juan Ginés de Sepúlveda con relación a la legalidad moral del «derecho de conquista». La cuestión era determinar si los indígenas americanos de las colonias españolas se podían considerar esclavos naturales según la definición aristotélica, con la que el filósofo griego establecía que «todos aquellos en quienes el empleo de las fuerzas corporales es el mejor y único partido que se puede sacar de su ser, son esclavos por naturaleza» (Política, libro I).
El papa Pablo III, a través de las bulas papales Veritas ipsa (2 de junio de 1537) y Sublimis Deus (9 de junio de 1537) condena la esclavitud de los indígenas y reafirma sus derechos a la libertad y a la propiedad como seres humanos que son. Dividido entre los grupos de influencia que defendían los intereses económicos y aquellos que daban a conocer las atrocidades cometidas por los colonos, Carlos V prohibió la esclavitud y promulgó las Leyes Nuevas en noviembre de 1542, que amparaban a los indígenas bajo la protección de la corona de España y exigían a los virreyes de Perú y los tribunales de Lima y Guatemala que castigasen duramente los abusos de los encomenderos y prohibieran la asignación de nuevas encomiendas. Estas leyes provocaron la sublevación de los encomenderos y la muerte del virrey de Perú. Carlos V suspendió la colonización y decidió que se debía organizar un debate formal sobre la legitimidad de la conquista institucional. Finalmente, Fray Bartolomé de las Casas resultó vencedor y, durante los años siguientes, Carlos V publicó nuevas leyes que, esta vez, ofrecieron protección eficaz a los indígenas. Algunos historiadores han concluido que, a raíz de su defensa de los indígenas americanos, Fray Bartolomé de Las Casas provocó la importación de esclavos negros, cuyo destino nunca se puso en el centro del debate.
En la época segregacionista del continente americano, una cansada Rosa Parks decidió no sentarse al fondo del abarrotado autobús, reservado para las personas negras. Este gesto personal e individual contribuyó a la caída del injusto sistema que reinaba en Estados Unidos, lo que evidencia una vez más que un fenómeno percibido como «algo menor» puede traer enormes consecuencias. Tanto la Revolución rusa de 1917 como la Revolución francesa de 1789 se extendieron como la pólvora por todo el mundo y se manifestaron de forma distorsionada en los movimientos estudiantiles que marcaron el final de la década de los sesenta. Los ejemplos de estas ondas de choque son innumerables y no los voy a nombrar aquí de forma exhaustiva, ya que para ello necesitaría el equivalente a una enciclopedia con centenares de volúmenes. Sin embargo, parece que al mundo siempre le ha costado aceptar esta interdependencia que no en todos los casos proviene de un hecho intelectual o político, sino que también puede tratarse de un fenómeno natural, como el aleteo de una mariposa. Aún hoy en día queda gente (principalmente los grandes contaminadores del planeta), que en este primer cuarto del siglo XXI se niegan a aceptar la evidencia del calentamiento climático, al igual que en su día hicieron sus homólogos al rebatirle a Galileo el hecho de que la Tierra era redonda.
Me gusta crear estas breves historias del mundo que ponen en perspectiva este entorno histórico y político que hemos heredado como sociedad, queramos o no, y que nos obligan a descontextualizar los hechos para trasladarlos a campos de reflexión más amplios. Esta visión panorámica nos permite apreciar, en el sentido de analizar, las tendencias del momento que nos invaden en oleadas que se suceden una tras otra. Anteayer, sin orden ni concierto, el estructuralismo, la antropofagia, el posmodernismo y todos los «pos» que le sucedieron (colonialismo, humanismo, etc.) y, hoy en día, nociones revalorizadas y actualizadas como el rizoma, para quienes descubren por fin a Édouard Glissant. También observo, con cierto deleite, la llegada a Occidente de las teorías construidas en torno al Quilombo (¿lo llamamos «quilombismo»?) por parte de aquellos para quienes la figura de Zumbi dos Palmares destrona a las de otros grandes iconos como el Che Guevara. Por no mencionar el antropoceno, que causa furor desde hace varios años.
¿Cómo se apropia la creación artística de este exceso de discursos? ¿Cómo se realiza una fusión eficaz y comprensible entre dos historias aparentemente contradictorias o incluso conflictivas? ¿Cómo, para hacer «todo-mundo», se aglomeran pensamientos históricamente opuestos y cuyas fuentes se nutren, quizá, de esa misma oposición? ¿Cómo hacer arte hoy en día en un mundo que, contrariamente a la ilusión que promueve la globalización, no hace más que encogerse y replegarse sobre sí mismo en comunitarismos retrógrados? ¿Cómo elaborar una estética original que no choque con consideraciones político-nacionalistas o resuene, quizá, con antiguas culpas? Esa era, sin duda, la tarea a la que se había encomendado Koyo Kouoh, creadora de un proyecto para la 61.ª Bienal de Venecia que verá la luz sin ella. Koyo, cuya filosofía se centraba en un primer momento en los seres humanos y posteriormente en el arte, creó un laboratorio de experimentación en Dakar llamado RAW Material Company, cuyas raíces se han extendido por todo el mundo. Su proyecto muestra, por si quedaba alguna duda, que no hay necesidad de encontrarse en aquello que tradicionalmente se ha denominado «el centro» para influir en el transcurso de los acontecimientos más allá de las fronteras geográficas.
El efecto mariposa deja obsoleto el concepto de las fronteras, ya que tiene lugar en todo el mundo. Recuerdo ahora los ridículos discursos políticos que se dieron en Francia tras la catástrofe de Chernóbil, con los que las autoridades pretendían hacer creer a los ciudadanos que la nube radiactiva se detendría en la frontera. Lo telúrico es esa materia prima (la materia prima de los alquimistas) de la que habla Kouoh, despojada de cualquier tipo de ideología y de saber implícito. Una materia que se trabaja tal como viene, observándola, escuchándola y apreciándola por aquello que es y no por lo que se supone que debe ser. Eso es exactamente lo que le pasó a Picasso cuando descubrió la escultura africana: «Solo un artista así de capaz, con tal precocidad y facilidad, de imitar el tipo de pintura que su padre defendía, podía también ponerla en entredicho de manera espontánea y entender tan rápido que había algo falseado desde la base en aquello que decía y la forma en que lo decía. Picasso pudo ver esto de forma clara y exacta gracias al estupor y la revelación que sintió frente a las máscaras y los fetiches tribales del Museo de Etnografía de Trocadero. “Y entonces —dijo más tarde— comprendí que ese era el sentido mismo de la pintura”»2William Rubin, «Picasso», en Primitivism in 20th Century Art, Museo de Arte Moderno, Nueva York, 1988..
El hecho de que un artista europeo desafíe los códigos estéticos en los que ha destacado, participa de esta fluidez y apertura necesarias para la creación artística. El «descubrimiento» de Picasso también revolucionó la historia del arte occidental y, por efecto de flujo y reflujo, la historia del arte mundial. El flujo y el reflujo son elementos de movimiento y circulación que permiten salir de una visión local para alcanzar la «glocalidad» (mezcla de local y global) que defiende Homi Bhaba. Si bien algunos, especialmente los sistemas ligados al mercado del arte y a las instituciones, siguen rigiéndose por una lógica centralizada, parece evidente que la creación no debería ser víctima de ningún tipo de jerarquía. La noción de belleza (con todas las reservas que podamos plantear al respecto) no es exclusiva de una zona geográfica, sino que varía en función de códigos y sensibilidades diversos. Son precisamente estas variaciones, al igual que ocurre en la música, las que nutren la riqueza de la creación artística.
«En el anochecer en el que Rembrandt aún dibuja, todas las Sombras ilustres, junto a las de los dibujantes de las cavernas, siguen con la mirada la dubitativa mano que prepara su nueva supervivencia o su nuevo sueño… Y esta mano, cuyo temblor crepuscular acompañan los milenios, tiembla de una de las formas más secretas y más altas de la fuerza y el honor de ser hombre».
En este extracto, tomado de Las voces del silencio, del escritor francés André Malraux, el autor menciona el honor de ser hombre (es decir, de ser humano), y es en este concepto en el que me gustaría detenerme por un momento. Creo que fue un autor latino el que declaró que «nada de lo humano me es ajeno». Esta idea, esta realidad concreta, es la que quizá tenemos tendencia a olvidar. ¿Quién recuerda exactamente el origen del yoga (una de las seis escuelas ortodoxas de la filosofía india astika cuyo objetivo es la liberación) que se practica en todas partes del mundo? ¿Quién recuerda que fueron los persas quienes inventaron el ajedrez? ¿Cuántas herramientas que ya hemos normalizado y a las que no prestamos ningún tipo de atención han cambiado nuestra forma de percibir el mundo? La nota azul, nacida de la memoria de los esclavos negros africanos de Estados Unidos, les ayudó a sobrevivir y dio origen al blues que revolucionó la música a nivel mundial. Existe aquello que sabemos, y que se resume en muy pocas cosas, y aquello que no sabemos. Existe la zona de confort, en la que crecemos y que nos brinda la ilusión de estar en el centro de todo, y existe el inmenso mundo que respira y vive más allá de nosotros. Existen infinidad de perturbaciones menores de las que no somos conscientes y que, sin embargo, influyen en nuestra vida cotidiana. El arte solamente puede representar el eco de las situaciones políticas, sociales y estéticas de todo el mundo, y simboliza un espacio para la invención, la proyección y la aglomeración. ¿Cómo podemos imaginar el futuro del mundo a partir de nuestra experiencia? ¿Cómo podemos responder a la locura mundial a partir de una posición que no se vea obstaculizada por visiones a corto plazo? ¿Cómo podemos aportar una visión libre de cualquier contingencia capitalista y mercantil que no se contente con seguir las tendencias del momento? Este séptimo número de la revista Atlántica nos invita a abrir bien los ojos para ejercer nuestra capacidad crítica desde la apertura y el cuestionamiento, y no desde el enfrentamiento derivado de anticuadas creencias.
¿Eran unos locos quienes dejaron en las paredes de las cavernas mensajes que hoy en día no hemos terminado de entender, o estaban (sin ser conscientes de ello) tratando de encontrar un imposible absoluto? Esas manos que no buscaban destruir el orden del mundo, sino fundirse con su entorno y que, a través de sus temores, nos muestran el camino. Esas manos cuyo temblor crepuscular, según Marlaux, va acompañado por los milenios, transmitieron su poder a Rembrandt. Más allá del maestro holandés, ese mismo temblor ha recorrido la mano de artistas de todas las épocas hasta llegar a nuestros días. Ese temblor procedente de tiempos inmemoriales que, cual efecto mariposa, ha sido capaz de atravesar barreras geográficas y temporales.
Simon Njami – Coordinador Editorial

Simon Njami estudió literatura, derecho y filosofía en la Universidad de la Sorbona de París.
Es comisario independiente, conferenciante, crítico de arte y novelista afincado en París. Njami fue cofundador y redactor jefe de Revue Noire, una revista de arte contemporáneo africano y extraoccidental. Fue director artístico de la primera feria de arte de Johannesburgo en 2008, de la bienal de fotografía de Bamako durante diez años y de la Bienal Dak’Art (2016/2018). Fue cocomisario del primer pabellón africano en la 52.ª Bienal de Venecia en 2007.
Njami también fue comisario de la feria de arte de Abu Dabi de 2020 y cocomisario de la Bienal de São Paulo de 2002.
Además, Njami ha comisariado numerosas exposiciones de arte contemporáneo y fotografía, y actualmente es comisario jefe de la exposición internacional anual Something Else, en la Ciudadela de Salah Adin en El Cairo (2023).
Es miembro del equipo curatorial del futuro Museo de Arte Moderno de Benín. Creó y dirige el taller de pensamiento crítico AtWork, concebido con la Fundación Moleskine. Ha publicado y editado numerosos libros, entre los que se encuentran dos biografías, James Baldwin y Leopold Sédar Senghor, y cuatro novelas. Su publicación más reciente es Stories Histories, la historia de Revue noire (2021). Su última novela, La Mécanique des souvenirs (JC Lattès), salió a la venta en noviembre de 2024..
