Helen Acosta

Proyecto de artista

Helen Acosta

Como dijo el presocrático Anaxágoras: «Las cosas que se ven forman la base del conocimiento de lo que no se ve»1Anaxagoras (499 – 427 v. Chr.), griechischer Philosoph aus Klazomenai, Freund des Perikles. Zugeschrieben.

La serie a la que pertenece la galaxia Así como antes se realizó en cooperación con el Instituto de Astrofísica de la Universidad de Zürich (ETH). Este grupo de trabajo de siete estudiantes de doctorado y postdoctorado en Astrofísica de nombre «De la red cósmica a las galaxias: iluminando el vínculo gaseoso entre el universo oscuro y el brillante» se estableció en 2016 como parte de la beca de cátedra de la Fundación Nacional de Ciencias de Suiza. Durante años investigaron y trabajaron en hacer visible lo invisible a través de simulaciones con luz creada artificialmente. Mediante un programa informático escrito únicamente para ese propósito y cálculos matemáticos, iluminaron de forma artificial zonas del universo que se encuentran a oscuras, combinando métodos teóricos y numéricos de radiación e hidrodinámica y arrojando luz ahí donde no la hay, iluminando estrellas, cúmulos, nebulosas y galaxias antes sumergidas en la oscuridad.

Así como antes
Así como antes. Hilo sobre terciopelo, 130 x 140 cm, 2020. Foto: Leni O.

La idea de las galaxias de hilo sobre terciopelo azul oscuro surgió al amontonar recuerdos sobre mi infancia en Gran Canaria: el mar que lame la isla para mí no era horizontal, sino vertical. Esas masas líquidas eran paredes azules que me encerraban. Y la única dirección en la que podía escapar era siempre hacia arriba, hacia las estrellas.

Con hilos de seda y algodón sobre terciopelo hilvano ese recuerdo y esas ganas de huir en vertical con la antigua tradición del bordado en Canarias, jugando a atravesar con la aguja la inmensidad del universo, quebrarlo y hacerlo un poco mío, bordando cercanía y lejanía a la vez, bordando lo a veces visible del universo que hace que nosotros, en comparación, nos convirtamos en insignificantes y quizá hasta un poco invisibles.

Alud
Alud. Hilo sobre terciopelo, 130 x 90 cm, 2021. Foto: Celia Zehtgruber
Pitusa
Pitusa. Hilo sobre terciopelo, 130 x 90 cm, 2021. Foto: Leni O.

Durante el primer confinamiento de la pandemia, las galaxias de hilo cobraron una nueva dimensión: las restricciones obligaban a recluirse en casa. Desde Zürich, en Suiza, donde resido y donde las medidas siempre han sido más moderadas, me llegaban imágenes de mi familia en la isla, de ciudades enteras confinadas, de miles de personas apiladas dentro de sus viviendas, en edificios, bajo un cielo vacío sin estelas de aviones, un cielo limpio que día tras día parecía dilatarse de otra forma y tramar la llegada de la noche y más tarde, la oscuridad.

Dicen que cuando el escritor Julio Cortázar murió en 1984 en París las paredes de la ciudad se llenaron de pintadas en las que se leía: «Julio, ¡volvé! ¿Qué te cuesta?». En La Caverna de José Saramago hay un pasaje en el que no se trata la muerte en sí, sino ese fenómeno por el que uno trata de empujar el tema lejos de sí: «Espero morir antes de eso (…), ojalá pudiera yo acabar de la misma manera. No hable de la muerte, padre. Mientras estamos vivos es cuando podemos hablar de la muerte, no después»2Jose Saramago, La Caverna, Alfaguara, Madrid, 2000..

Mucho se ha escrito de la muerte, de la más definitiva de las huidas, o quizás fuera mejor decir de las llegadas, si se la mira del revés. Y curiosamente es un fenónemo relativamente habitual en la literatura el de negociar cuán absoluta es la muerte o no. Javier Marías escribía que la muerte sólo le pertenece por completo a quien no ha llegado a existir: «Sólo le pertenece del todo a quien no ha llegado a nacer, a quien no ha sido engendrado ni concebido y así no ha entrado nunca en el tiempo ni lo ha atravesado durante un solo segundo, ni tiene que salirse de él para perturbarlo. El que no se concibe es el que muere más».3Javier Marias, Negra espalda del tiempo, 1988 dt. als Schwarzer Rucken der Zeit. Klett-Cotta Verlag, Stuttgart 2000

Nana. Secuencias del video. Foto: Stefan Riebel
Nana. Secuencias del video. Foto: Stefan Riebel

A partir de un comentario fugaz de un familiar justo después de la muerte de mi abuela surgió la idea del video «Nana». Todavía estábamos en el pasillo del hospital, aún delante de su habitación, y de repente su cuarto hijo, Peyo, dijo: «A lo mejor Nana se fue por ahí… o a lo mejor no…».

En el contexto artístico sigo y persigo un enfoque conceptual: la idea nace y se cimienta con lecturas, investigación y muchas vueltas y quebraderos de cabeza. Es la idea la que decide qué material requiere, qué forma va a tomar. Sólo la idea y lo que ella «pide» decide si la obra será un objeto, una instalación, un video, etc. Esa frase en la que mi tío se preguntaba en voz baja a dónde demonios se había marchado mi abuela después de morir y, sobre todo, en qué dirección, me persiguió durante mucho tiempo y desembocó en la idea del video en el que se muestra mediante un recorrido invertido de google earth el posible ascenso de su alma desde la azotea del hospital del Perpetuo Socorro, justo encima de la habitación en la que murió. De nuevo y como en el caso de las galaxias, una huida o una llegada vertical, lo invisible, el juego entre cerca y lejos, así como el lujo y el peligro de intentar trabajar desde y con el silencio.

Nana. Video. Proyección en el suelo de la Galería Tapetenwerk, Leipzig. Foto: Stefan Riebel
Nana. Video. Proyección en el suelo de la Galería Tapetenwerk, Leipzig. Foto: Stefan Riebel

Quien tenga familia en zonas rurales de las islas conocerá quizá la bendición al salir de casa. En mi familia se daba de palabra: «Te bendigo» decía el que se quedaba dentro, y el que se iba se llevaba la bendición puesta repleta de protección y buena suerte. Mientras estudiaba Bellas Artes en Alemania, la soledad me empujó a echar de menos el ritual de la bendición y a construir los bendicionales o máquinas de bendecir. Ya lo decía Cortázar: «Las cosas invisibles necesitan encarnarse, las ideas caen a la tierra como palomas muertas».4Julio Cortazar, libro Historias de cronopios y de famas. Editorial Minotauro. Buenos Aires. 1962.

Aptos para cualquier hogar, se colocan en la pared, preferiblemente cerca de la salida. Al pulsar un botón se pone en funcionamiento un mecanismo de luz dibujando una cruz con luz blanca en la frente, primero de abajo a arriba y de izquierda a derecha, bendiciéndote.

Hinderk M. Emrich, Profesor de Neurología y Psiquiatría en la Universidad de Hannover estaba convencido de que buscamos el pasado una y otra vez porque está incompleto. Los bendicionales son quizás también un intento de buscar en el pasado y de remendar con un objeto artístico tanto hueco insaciable.

Cuando me entregaron la campana que había mandado fundir expresamente para esta obra, le faltaba el martillo que golpea el interior, el badajo. Con pánico en el cuerpo, ya que faltaban pocos días para exponerla en la Baumwollspinnerei en Leipzig, llamé al encargado de la fundición y me respondió con una sinceridad demoledora que había leído mi proyecto con atención, también que se iba a exponer sumergida en un tanque de agua y que «si igual va a estar muda por el agua, para qué el martillo».5Conversacion telefonica con el Sr. Letsch, encargado de la fundicion. «Sólo los que nacieron en un domingo escuchan las campanas repicar, aun cuando están sumergidas en el agua»6Handworterbuch des Deutschen Aberglaubens, de Greuyter, Berlin, 1987.

La campana silenciada por estar ahogándose, irónicamente por el medio que más potenciaría su sonido, repica en la mente del espectador. Está tan encerrada por agua vertical como las islas y la reacción química con el metal provoca que se cubra de cada vez más burbujas, diminutos parásitos de aire, que la asedian y transforman. Y escondida dentro de la campana respira una burbuja de aire, como un suspiro clandestino y secreto.

Y quizás sea así en la vida como en el arte: lo más importante es siempre lo que no se ve.

Sonntagskinder. Objeto. Bronce, plexiglas, agua. 200 x 65 cm. 2009. Foto: Stefan Riebel
Sonntagskinder. Objeto. Bronce, plexiglas, agua. 200 x 65 cm. 2009. Foto: Stefan Riebel
  • 1
    Anaxagoras (499 – 427 v. Chr.), griechischer Philosoph aus Klazomenai, Freund des Perikles. Zugeschrieben
  • 2
    Jose Saramago, La Caverna, Alfaguara, Madrid, 2000.
  • 3
    Javier Marias, Negra espalda del tiempo, 1988 dt. als Schwarzer Rucken der Zeit. Klett-Cotta Verlag, Stuttgart 2000
  • 4
    Julio Cortazar, libro Historias de cronopios y de famas. Editorial Minotauro. Buenos Aires. 1962
  • 5
    Conversacion telefonica con el Sr. Letsch, encargado de la fundicion
  • 6
    Handworterbuch des Deutschen Aberglaubens, de Greuyter, Berlin, 1987
Ir al contenido