Atlántica # 59

El texto que sigue es una versión editada de la conferencia que ofreció Solange Farkas en Mayo del presente año en ArteBA, Buenos Aires en el contexto de las charlas de la Feria de Arte de Buenos Aires.


Me gustaría empezar agradeciéndoles su presencia y también agradecer a mis queridos amigos Octavio Zaya y Agustín Pérez Rubio por esta invitación –que no podía rechazar—a participar en esta conversación sobre el futuro, en este encuentro que trata de acercarnos a una idea del futuro; o mejor, a analizar nuestra posición en relación al conjunto de ideas sobre el futuro. Hablaré en concreto de una experiencia contemplada desde un punto de vista dual: como ciudadana brasileña y como directora de una institución que lleva más de tres décadas promoviendo articulaciones entre la producción artística de Brasil y la de sus equivalentes, sus interlocutores a lo largo y ancho de los países del Sur Global. Esa es la misión de Videobrasil: conocer y estimular la producción brasileña, sea en el Festival, sea a través de la programación de Galpão, poniéndola en contacto con sus homólogos del Sur Global.


Desde esa doble perspectiva, el momento presente nos resulta de lo más oportuno para hablar del futuro. Un vistazo al mundo de hoy basta para confirmar que el futuro, tal como lo concebíamos hace dos o tres años, ya no es lo que era. Y la imagen del futuro de hace cinco se nos antoja incluso más lejana. ¡Qué diferente era aquel futuro de 2012! Nos adentramos, y cada vez más a fondo, en un ciclo de posiciones extremas que puede conducirnos a cualquier parte. Dependiendo de dónde fijemos la vista —por ejemplo, Trump y Corea del Norte— los destinos potenciales de ese viaje resultan francamente aterradores.


También desde Brasil espanta la visión del futuro. El gobierno que sustituyó ilegalmente a la Presidenta Dilma Rousseff puso en marcha un amplio plan de desmantelamiento de los programas y medidas dirigidos a atenuar las violentas diferencias de clase y de ingresos que aún existen en Brasil —al igual, es cierto, que en varios de nuestros vecinos latinoamericanos— y a garantizar un conjunto de derechos básicos, muy básicos. Repito: muy básicos. Y aunque lo ganado en los últimos años ha sido, sin duda, impresionante, estamos aún muy lejos de alcanzar un acuerdo social digno y, sobre todo, lejos de alcanzar una narrativa simbólica al nivel de nuestro pasado, que contemple aquellas cuestiones que sobreviven como legado de nuestro pasado y, por qué no, también al nivel de nuestro futuro (deseado). Entre los ejemplos, múltiples e incontables, podría citar, por poner un nombre y un rostro a este vasto proceso de desmantelamiento, a la Comisión de Investigación Parlamentaria que se encarga de investigar a Funai. Funai es la Fundación Nacional del Indio, y el caso en el que se ha embarcado la Comisión resulta particularmente ilustrativo, pues, aunque precaria desde un punto de vista histórico y frágil desde una perspectiva histórico-política, Funai es la organización estatal brasileña que se encarga de mediar en las relaciones con las poblaciones indígenas del país. En el momento de redactar esta conferencia, las conclusiones finales de la Comisión no han sido aún votadas, pero con los principales puestos de responsabilidad ocupados por el derechista Partido Ruralista Democrático, la Comisión exige procesar criminalmente a antropólogos, líderes indígenas, dirigentes religiosos y otros activistas defensores de los derechos de los indígenas, llegando al extremo de proponer que se prohíba la presencia de ciertos profesionales en zonas indígenas, lo que representa una seria amenaza a la libre actividad académica y a la producción de conocimiento lanzada por las fuerzas —profundamente reaccionarias y conservadoras— que se han hecho con el poder en Brasil.


 


A comienzos de este mes moría a los 98 años el crítico literario António Candido, una de las grandes figuras de Brasil y autor de una obra crítica esencial para comprender la literatura brasileña y, por ende, el país. Justo después del fallecimiento de Candido circuló por las redes sociales una entrevista en la que hablaba de las conquistas del socialismo desde un punto de vista muy optimista. Recuerda que las vacaciones, las bajas maternales y la jornada laboral de ocho horas son conquistas del socialismo, que siempre buscó limitar y reducir al máximo la voracidad perversa de los dueños del capital. Pues bien, el momento actual en Brasil es un momento de retroceso, involución y pérdida de algunas de esas conquistas.


En ese contexto podríamos ver, quizás, un solo rasgo positivo, mínimo, pero de gran relevancia para pensar nuestro futuro, al menos en lo concerniente a Brasil. El escenario temible podría quizás mostrar la existencia de un único gesto posible a quienes aún buscamos efectuar gestos de coherencia política: el de liberarnos de la maldición del futuro.


Me explicaré: Stefan Zweig, el escritor austriaco de origen judío que vivió exiliado en Brasil, formuló a comienzos de los años cuarenta una definición del país que acabó convirtiéndose en un tópico repetido una y otra vez en las escuelas, los medios de comunicación, el arte y en todas partes. Zweig escribió un ensayo titulado “Brasil, país del futuro”, y ese apelativo —el de país del futuro— acompaña desde entonces a Brasil.


En la década de los cuarenta la expresión podía sonar como una suerte de alabanza, de profecía positiva, toda vez que desde la perspectiva de aquel momento, el futuro se desarrollaría desde Brasil y podíamos enorgullecernos ya del lugar que ocuparíamos en el porvenir. Pero esa bendición pronto se tornó en maldición: la promesa de posibilidades seguramente ilimitadas se tradujo en un aplazamiento eterno del presente, en sempiterna demora de eso que acabaría trayéndonos ese futuro glorioso que se predecía, una postergación infinita motivada, lógicamente, por el hecho de poseer ya el futuro, de tenerlo, supuestamente, garantizado. Sin embargo, el momento que vivimos hoy nos permite liberarnos de esa promesa del futuro, de esa condena a un futuro que, tan a menudo y con tanta insistencia, hizo que nuestro presente pareciera nuestro pasado.


El momento presente, carente de futuro o con un futuro más bien oscuro, es decir, la liberación de la maldición del futuro, nos aboca a encarar el hoy, a mirarlo cara a cara, con la emergencia del presente y las pequeñas victorias de la cotidianeidad. El presente se vuelve, una vez más, urgente en el sentido que nos planteaba T. J. Clark en su breve ensayo For a Left With No Future [Para una izquierda sin futuro], editado en Brasil en portugués y forma de libro, pero publicado originariamente en 2012 en New Left Review # 74. Desde una perspectiva obviamente europea, pero que podría ser hoy de utilidad, Clark escribe sobre la necesidad de que la izquierda aborde una profunda autocrítica que, en su opinión, habría de pasar por reconocer nuestra derrota, de la derrota de las expectativas y proyectos de poder de las políticas de la izquierda en el sentido macro. Defiende el abandono de cualquier proyecto de futuro —incluyendo los proyectos de poder— y una renovación de la perspectiva de la izquierda, por ejemplo, renunciar a la predicción de hundimiento del capitalismo. No me extenderé en los planteamientos del ensayo, pero sí me gustaría traer a colación su pasaje final para ilustrar esta cuestión. Afirma:


El futuro que nos acecha | Atlántica

Mauro Restiffe, Oscar

“Para acabar proclamo que no habrá un futuro sin guerra, sin pobreza, sin pánico malthusiano, tiranía, crueldad, clases, tiempo muerto y sin todos los males de los que la carne es heredera, porque no habrá un futuro; solo un presente en el que la izquierda (siempre asediada y marginada, siempre –y orgullosa de ello– resto del pasado) lucha para ensamblar la «materia para una sociedad» que Nietzsche pensó que se había desvanecido de la tierra. Es esta una receta para la política, y no quietismo: la de una izquierda capaz de mirar al mundo a la cara”.


En Brasil, también nuestra modernidad tardía produjo imágenes del futuro hermosas y enormemente seductoras. Ese singular modelo, híbrido de un proyecto estético de inspiración europea —en arquitectura y urbanismo, en las artes y las letras, hasta en la poesía— y de un patrón económico de base americana, alumbró promesas de futuro brillantes y duraderas. La ciudad de Brasilia es quizás el símbolo mayor de ese proyecto, pero hay una gran cantidad de símbolos, más modestos y cotidianos, bullendo en la profusión de procesos de la modernización brasileña.


Pero, como todos los proyectos modernos, el nuestro, tardío y fuera de lugar, fracasó. No era más que una quimera, y salió mal. Entonces, como ahora, se impuso el peso enorme de la tradición conservadora brasileña, justo cuando —una vez más, igual que ahora— avanzábamos lentamente hacia unas relaciones sociales más estables. El avance quedó frenado en seco.


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Mauro Restiffe, Oscar

En el ámbito artístico, o más bien en la producción poética de algunos artistas brasileños, ese fracaso del proyecto moderno está fuera de toda duda. Llegados a este punto, mostraré unas imágenes que dan idea de la magnitud de aquella caída desde la perspectiva del presente. En primer lugar, a un cierto nivel simbólico directo, tenemos Oscar, una serie de fotografías de Mauro Restiffe con imágenes del velatorio de Oscar Niemeyer que se organizó en el Palacio do Planalto, el palacio presidencial que el propio Niemeyer había diseñado.


Otra serie sobre la figura de Niemeyer es esta de Rubens Mano, en la que se muestran los aspectos menos monumentales de Brasilia: las grietas y las sombras de ese monumento urbano, el lado abandonado y menos conocido de la ciudad. La serie Futuro do Pretérito [El futuro del pretérito] aborda, en forma bastante llamativa, la parte trasera de esa herencia de la modernidad.


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Rubens Mano, futuro do preterito, 2010
still video

Carla Zaccagnini trata también la promesa de la modernidad brasileña desde el punto de vista del extranjero, reuniendo dos instantes de esa mirada en dos cubiertas de revista, acercando así dos momentos de la historia del país.


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Carla Zaccagnini, Evidencias de uma Farsa Time and The Economist, 2011

En la cubierta de la revista Time vemos a Juscelino Kubitschek, el presidente durante cuyo mandato se construyó Brasilia. La segunda imagen, publicada durante la presidencia de Lula da Silva, se explica por sí sola. Es de 2011 y se tituló Evidências de uma farsa [Evidencias de una farsa].


Dentro de esa amplia crítica del proyecto moderno, tan eficazmente simbolizada por la arquitectura y el urbanismo, otros tres artistas aluden a Oscar Niemeyer como personaje icónico capaz de, para bien o para mal, sintetizar el progreso de la modernidad, la pobre calidad de las promesas modernas y el extremo hasta el que un diseño arquitectónico de alto voltaje poético se fundamentaba en unas relaciones laborales totalmente arcaicas.


En 1994, la primera de esos artistas, Rosangela Rennó, realizó una serie de fotografías titulada Imemorial, que reúne fotos de todos los obreros muertos en la construcción de Brasilia.


Quiero llamar la atención sobre el título, que de una forma de algún modo irónica ubica el trabajo en el mismo nivel que los monumentos conmemorativos de ilustres fallecidos, aquellos que murieron en combate, nuestros difuntos más especiales y memorables. Immemorial habla asimismo de esas relaciones laborales precarias y violentas que Cildo Meireles calificara en una ocasión de “holocausto de los invisibles”. En un vídeo titulado Forma Livre [Forma libre], Clara Ianni revisa dos entrevistas —una a Lucio Costa, la otra a Oscar Niemeyer— para abordar el mismo tema, el de los trabajadores muertos durante la construcción de la ciudad. En Projeto Gameleira 1971, Lais Myrrha, arroja también algo de luz sobre un accidente ocurrido durante la construcción de un proyecto de Niemeyer, esta vez en Belo Horizonte, que ocasionó también la muerte de varios obreros. Un modelo ubicuo y duradero, investigado también por el cine en los primeros años de Brasilia en Brasília: contradições de uma cidade nova [Brasilia, Contradicciones de una ciudad nueva], de Joaquim Pedro de Andrade, 1966, así como en Conterrâneos velhos de guerra [Viejos compatriotas de guerra], de Vladimir Carvalho.


Todos esos artistas comparten una revisión crítica del estilo brasileño de modernidad, es decir, de un futuro que el progreso habría de legarnos. En Videobrasil Galpão puede verse en estos momentos Nada levarei quando morrer, aqueles que me devem cobrarei no inferno [Nada llevaré conmigo cuando muera; cobraré en el infierno a mis deudores], que habla también de nuestro futuro contraponiéndolo a la enorme deuda del pasado. La exposición se vale de la poética de una serie de artistas para dar rostro a las víctimas de ese progreso que nos ha traído hasta aquí y aspira a llevarnos desde aquí a quién sabe dónde. La imagen de ese proyecto desbocado que ha pasado por encima tanto de nosotros como de nuestro precioso pasado —o más bien, de algunos preciosos fragmentos que quedan del pasado— es bien visible en Cais do Corpo (2015), un vídeo de Virginia de Medeiros. Cais do Corpo (2015) registra los últimos momentos de una zona de prostitución de Río de Janeiro, justo después de la aprobación de un proceso de reurbanización, que implica, como es habitual en esos casos, la gentrificación y expulsión de los habitantes y usuarios de la zona y la reaparición del lenguaje sobre el “progreso” y la “revitalización”. Pues más allá de las narrativas y formas de vida en proceso de extinción, otra materia urbana ha desaparecido también durante la reforma de un yacimiento arqueológico extraordinariamente rico, el Cais do Valongo, principal puerto de entrada de los esclavos a Brasil. Y digo “desaparecido” porque apenas se ha excavado, apenas se ha investigado, y el museo dedicado al tema, fruto de una iniciativa individual, privada, está amenazado de cierre por falta de visitantes. Un museo fundamental en la historia de Río de Janeiro y de Brasil que, a pesar de ello, y aunque no nos sorprenda, recibe menos apoyo que los recientemente construidos Museo de Arte y Museo del Mañana —de sugerente nombre—, ambos abiertos en el contexto de regeneración de la zona. El yacimiento arqueológico quedó sepultado bajo la plaza recién renovada.


Ese es el futuro que nos acecha, que, a veces, nos amenaza. Pero hay también un futuro estimulante, apasionante: el futuro del Festival de Arte Contemporáneo Sesc_Videobrasil, que en octubre de este año celebró su edición número veinte tras treinta y cuatro años de existencia.


Nos encontramos, pues, atenazados entre esas dos posibilidades de futuro. Quisiera, para concluir, referirme a algo que a veces me viene a la mente y que podría servir para atemperar nuestras reflexiones sobre los posibles futuros. Veo, no sin cierta frustración, un vaciamiento gradual del discurso artístico, no solo del de los artistas, sino de todos los discursos que rodean y dan forma al campo del arte. Y lo que detecto es una progresiva irrelevancia del ámbito artístico justo cuando nuestro contexto cultural lo somete a una derrota tras otra, también a su ambición por ofrecer experiencias simbólicas relevantes (o incluso deseables) a la manera en la que otros campos de la cultura favorecen la adquisición de capital simbólico de una forma más eficiente y, en última instancia, más gratificante. Seré más precisa: en el sentido más inmediato, el futuro hoy implica actuar contra el aplastamiento del horizonte, actuar para conservar, aunque sea precaria o dolorosamente, ciertas expectativas de futuro.


Muchas gracias, y ¡NO TENGÁIS MIEDO!


Solange Farkas

Buenos Aires, 24 de mayo de 2017

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Rosangela Renno, Imemorial Silas Siqueira