Atlántica # 60

Trilogy of Terror consta de tres filmes cronófagos que reinterpretan acontecimientos tomados de la mitología clásica. Plasmadas en tres grabaciones de vídeo digital de una única toma, las tres performances coreografiadas se filmaron en emplazamientos geopolíticamente sensibles. El actor Arthur Gillet representa el papel de un dios griego arquetípico en unas esforzadas interpretaciones. Las composiciones musicales, desaceleradas digitalmente y creadas entre 1911 y 1916, forman parte de una dramaturgia que aúna las tres performances en una única sinfonía en tres movimientos.


Los dioses andaban por todas partes, enloquecidos. Mortales, animales, otros dioses… No importaba. A todos se los quedaban. Para comérselos, para follárselos. La pansexualidad barriendo el cosmos. Una fina marca en la arena, una montaña, el mar. Retorciendo la seguridad velada en una alegre ciénaga de exposición de orificios, el cuerpo se convierte en pórtico de ese mundo que creemos que los dioses habitan. Un paisaje especular del que solo nos llega un leve efluvio perfumado. 


Dejad que todo lo que en este mundo fuera en otro tiempo grande, y hoy ha desaparecido, se convierta en dios. Qué nombre le daremos. Al nuevo dios. Un dios que ocupe ese estado de sindiós. Necesitamos encontrar nuestras esperanzas sepultadas aquí mismo, en esta arena. Un lugar donde la gente continúa negándose a sí misma ese mundo que se desdibuja. (Se llama espiritualidad). Pues hablamos – desatando, entre otras cosas, la sensualidad–. Que es, de por sí, un desdibujamiento: una oportunidad de no-morir. Ver nuestra follada abierta de piernas por esas pantallas, apaisada: una follografía. Follografía de yoes desparramados a lo largo y ancho del Tiempo, sobre todo en su catastrófica ahoridad. Arcadas nos da sentir cómo se nos reconocerá en nuestra muerte. El ungüento de esa sombra y todo lo que la alimenta. 


 


Pánico, 2014

Te despiertas a la sombra de una mañana sobre la cima de una pinga berreona hincada dentro, muy dentro de ti. A empellones. Lenta, muy lentamente. Quizás para hacer sitio a la gravedad percibida de lo sagrado. Sodoma, un lugar adonde el mundo fue a follar y a morir. Soportando una especie de sortilegio llamado Antigüedad lanzado sobre ella, Sodoma es una montaña que todo lo ha aguantado, haciéndose más y más grande con el paso del tiempo, longitud de sal de la erección del Creador. Frente a un mar que llamaron Muerto. 


Por entre la ahoridad de esa ruina salada una forma se distingue en la luz arenosa del amanecer. Hay dos pantallas, pues con una no vale. Las dos, desgarradas, apuntan a la multiplicidad, al infinito. El sol sigue subiendo, mejor iluminar a los dioses en la cima del monte. A un dios en particular: Pan. Debajo de él, otro. ¿Es un mortal? Las piernas en torno a la cintura de Pan, para empujarlo todo cuanto pueda hacia su interior. Quiere a Pan hasta el fondo. Para convertirse en Pan. Y Pan en el hombre. 


Pero él no es, ni mucho menos, un hombre. El hombre no está admitido aquí. Un tiempo, un espacio-mundo, donde eso de la mariconería no existe. Porque por entonces te lo follabas todo. Otro tipo de criatura. La pantalla, intermitentemente negra, luego vuelve la imagen, más azul y más nítida, sumisa ante el aumento de iluminación. Una pantalla nítida, la otra borrosa hasta que te pones las gafas, lo que te acerca a la follada hasta el punto de sentir que puedes tocarla, aunque nunca podrás. 


El pánico implica despertarse de un sueño. Que te despierten y gritar. Gritar al otro lado del horizonte, boquiabierto ante su inmensidad. Un grito tan alto como para hacer que todo cobre vida. 


Follacabras | Atlántica

Pánico, película, 2014, proyección de vídeo 3D estereoscópico, color, sonido, 90 minutos

(Nunca una pesadilla. Un despertar como ese porta en sí la culpa de su contenido.) 


El despertar de un sueño siempre lo causa algo que está fuera –esto– lo que algunos llaman el mundo real. Su realidad inimaginable, y por tanto incuestionada. 


Eso, la realidad en la pantalla, es la follada. Qué se ve cuando dos hombres follan, o por aportar algo de precisión a nuestra confusión: qué se ve cuando una cabra está siendo follada por un hombre. Un hombre cabra. Cabra dios. Hombre animalizado, en esta luz de la mañana uno puede volverse eterno. 


Sodoma es un lugar del que ser expulsado. Todos tuvieron que salir de ahí. Fue maldecida. No quedó nadie. Fue un tiempo de paranoia. Sí: ha habido más de uno. Una cosa es el pánico, otra la paranoia. El pánico entraña un despertar; con la paranoia no hay nada de lo que despertar. Es más bien una niebla, una niebla muy sucia que te cubre la piel. Pegajosa, casi imposible de quitar. Tienes que frotar a fondo, hasta hacerte daño. Por eso no puede haber desnudez. No donde la suciedad prospera. 


Aquí, donde el aire es claro, donde no hay nadie ya, puede sonar la música. (Es Maurice Ravel, “Amanecer [Dafnis y Cloe]”,de 1912.) La desnudez puede prosperar. No hay gente. Solo dioses y animales, una cabra. Hasta al Dios de la mayúscula se le puede poner dura. Sucia benevolencia. La cima de una montaña. Sigue creciendo, se diría que la música emana de la luz. Convierte cada ciudad en una ruina, así, algún día, se verá así de bella. Si solo puede quedar un dios, eso es lo que quiero que haga. Hincármela bien dentro, porque, para empezar, yo nunca fui un humano. La caprina como una suerte de condición mitolarvaria para el paso a la forma humano-divina. Y, por supuesto, el acto de follar también como acto de devenir. Eso es lo que quieren decir con animidad. La literalización de un antiguo número. De nuevo esa pantalla de oscuridad. Cuando entres en mí, yo habré sido ya negado. Tu divina pinga dentro, y ya he aprendido la verdadera esencia de solo. 


Mira lo vacío que está el cielo sobre la montaña. Parece a punto de abrirse para matarnos a todos. ¿No te gustaría eso? Violencia ejercida sobre ti. Ser violado en el espacio más sagrado que esta Tierra tiene aún que crear. Sé que lo quiero, unos cuernos. Son tantas las razones tras esta destrucción, prodigioso. Deshonra esta tierra cometiendo el pecado. Pánico dentro del culo de la cabra. 


Follacabras | Atlántica

Pánico, película, 2014, proyección de vídeo 3D estereoscópico, color, sonido, 90 minutos


N, 2016

La lógica de la duración. Narciso y el agua. Se habla de un romance. El agua está verde y enferma; un vómito de los lindes. Se habla de geografía. Cada vez que muero, se convierte en imagen. Una imagen que puedo fabricar. De mí. El esfuerzo de la instrumentalidad. Estar en medio. Violado por una imagen. El chillido de un eco. El gris del cielo en el bosque de otro. No Europa. 


No hay lugar para el desdibujamiento en la paupérrima luz del día. Llegaste en un bote que luego se fue flotando, mientras tú dormías y el viento masajeaba tu desnudez. El contexto existe. Lo destruimos en el instante en que deja de nutrirnos. 


Al despertarme me sorprendí flotando. El cielo grita. (Narciso y Eco [1911] de Nikolai Tcherepnin). Avanza para luego retroceder. No me reconozco en ese que veo en el agua. Compruebo que ni siquiera es persona. Debe de ser una imagen. Pero, ¿cómo ha llegado ahí? ¿Será la visitación de un dios? ¿Cuál?  Aquí no paran de llegar cosas. Es un bosque de sueños. Oscureciendo, hasta dar comienzo a la desaparición. Árboles que pintan maliciosamente su fondo. Me adapto entretanto a la transformación, al despertar desde el espectáculo del sueño. En mi sueño, me follaba a un tipo en la cima de una montaña. Esas imágenes me visitan con una frecuencia que apenas logro explicarme, no hay razón alguna. En una soy Pan, pero al despertarme sé que soy yo, yo mismo, otra vez. Llamadme N. 


Follacabras | Atlántica

N, 2016, proyección de vídeo monocanal, color, sonido, 90 minutos (película)

Eso que llamamos sexualidad no existe. La N significa negación. Entre otras cosas. Verme a mí mismo en el agua, una flor. Rechazar toda sexualidad en favor de la imagen. Una imagen desvinculada de toda follografía. Imagen sin codificar. La mí-imagen, la tú-imagen, la imagen de cualquiera/de todos. La imagen fagocitante. La imagen en su pura autonomía, que no existe. La inexistencia de la imagen: lo que yo soy. Cuando estoy colocado consigo estar lo bastante despierto como para descifrar la sustancia de este soy-yoísmo. La pérdida. El constructo. No habría llegado ahí si no hubiera estado sediento. Bebo un trago de mí mismo en el agua. Bebo la polución de las tierras limítrofes. Entre la vida y la muerte, el lugar donde la mortalidad sucede y la montaña de los dioses. Todo se despliega aquí. El puto horizonte. En este momento la luz confiere al lago una tonalidad verde vómito. El maldito Apolo echa el freno a su viaje. Se despierta junto a su cuadriga. Pulveriza la luz hasta lograr un nocturno. Colócate en mi interior en algún momento de la marcha. Igual que Apolo se escapa con el sol, así hago yo hacia mí mismo. Una presunción transcendental. Como si pudieras desvanecerte en ella, esa imagen. Ese golfo de yoes, reflejándose, haciéndose añicos. El momento cierto de partir. Es entonces cuando me quedo. Para verme más brillante. A pesar del desdibujamiento. Hasta que me desplomo en forma de flor. Puedo crecer, pero solo en una forma alterna de animidad. El culmen de la representación: verte escindido de ti mismo con tu vitalidad proyectándose sobre una pantalla. A veces la pantalla es líquida: mejor.  Así ahogarse es mucho más fácil. 

Follacabras | Atlántica

N, 2016, proyección de vídeo monocanal, color, sonido, 90 minutos (película)

Vista de la instalación: L’ étang donné, 2017, impresión a tinta y serigrafía con sangre animal, 229 x 163 cm, única



Ónfalo, 2016

Soy la misma persona en todas mis apariencias: la misma en todas mis diferencias. 


El hombre haciéndose visible en cierta oscuridad. Demasiado brillante para desdibujarse. 


Frente al neoclásico. El poder del Estado antes de ser reconocido como asesinato en masa. 


Te lo ruego: no acudas ahí como copo de nieve. El triunfo de Occidente por la vía de la autorreproducción. 


Frente a lo monumental, no hay espacio para el yo. Descomposición de transformaciones, de permutaciones. Apenas queda espacio para el todo. Nevar a cámara lenta. 


Mientras viramos hacia el todo. Mientras anhelamos la compleción. Fagocitación. Mientras la luz se niega a asombrarnos. Mientras hacemos un gesto hacia la performance. 


Aquí llega Cronos, bañado en oro todo él. En sus brazos, un bebé, el descenso entre dos columnas. Alarido de llegada. (Gustav Holst, “Saturn,” The Planets[1916].) Aquí llega un sacrificio gigante. 


Un sacrificio gigante puede ser un hombre, un yo, una cabra, otro. Un bebé incluso. 


Un descenso. 


Lo que difumina cualquier sentimentalismo. La sabiduría saturnal retorna en formato mortal. ¿Puedes comerte al bebé? 


Cronos tiene mucha hambre. Quiere un hijo que nunca tuvo. Follarse una cabra en la cima de una montaña implica también convertirse en una. Una cosa-hombre. Dios. 


Los dioses eran todos objetos. Así que iniciamos el descenso. Esperando, de alguna forma, que un día llegaría. El día en que seríamos devorados.


Fue en una noche como esta cuando te comí. Desnudos, los yoes reflejándose a mi alrededor. Te conduje hasta el trono. 


La nieve empieza a brillar. Bestial follada de relámpagos por el cielo invernal. Conciencia pagana de que no todo es sal, arena o agua. Que hay estructuras sin sentido que existen más allá de su capacidad de guiarnos. La arquitectura, un medio disimulado para manejar el pánico. 


Follacabras | Atlántica Follacabras | Atlántica

Ónfalo, 2016, proyección de vídeo monocanal, color, sonido, 90 minutos (película)

El follacabras es un devoraniños. Mírate a ti mismo morir tan angélicamente. Sin alardes. Narciso lleva barba. Sinuosos tropos de abandono. Un bebé de carne y hueso. 


El bebé sabe a relámpagos. El bebé fue en algún momento parte de mi carne, mi esperma lo hizo. Mete la lengua en el ombligo de la tierra. Qué gustazo meterle mano al mundo. 


De alguna manera hemos perdido el centro en el que una vez creímos. Es porque metieron mano al mundo. Los dioses a los que dimos la espalda siguen jodiéndonos. Solo que no estamos despiertos para darnos cuenta. Solo desde una gran distancia constatamos lo que nos está pasando, en nuestros sueños. Desde la distancia de un sueño. 


Y ahí estamos. 


Las luces se apagan para que podamos comérnoslo. Empecemos por la cara. Clavas los dientes en la carne y descubres lo que los dioses sienten: tú, descendiente del cielo y la tierra. Vamos, que nuestro lugar está dentro de ti; tu polla dentro de nosotros. Hasta cuando no eres el agua. 


El sufrimiento de los mortales es tan insípido. Hasta cuando se los comen. El pie del niño sabe igual que la sal sobre la que fue concebido. Quieres volver ahí, para sentirte negado. Cachondo por el recuerdo que de ti tienes, de antes de que el mar empezara a morir. Cuando la imagen se negó a extinguirse. Cuando existía eso tan borroso de la unidad. Antes de que la resistencia se interpusiera. 


Ah, el tiempo. Tú sí que sabes. Cómo tener un cuerpo. Cómo destruir. Dibujar palabras en una página. Imágenes en una pantalla. La luz en la noche. El mí en el agua. 


Vuelve a subir las escaleras. Algo te llama. Es tu padre. El tiempo ha acabado rebanándole los huevos. Tú ya te has comido a tu hijo. Papá destronado, la tierra cagará una abundante cosecha.


Veremos, llegaremos, gobernaremos a través del abandono. 


Todo ascenso está justificado. 


Follacabras | Atlántica

Ónfalo, 2017, mármol de Carrara, 184 x 45 x 45 cm, único